Archivo mensual: marzo 2008

Panenka: Fantasía centroeuropea

Belgrado. Eurocopa 1976. Prepárense, algo grande va a pasar. Como diría después Pelé “algo así solo lo puede hacer un genio o un loco”.

Había llegado a trompicones, pero la RFA era favorita. Beckenbauer, Vogts. Maier, Bonhof, Hoeness; era el ocaso de la gran generación que dominó Europa en el anterior lustro.
El rival, Checoslovaquia, contaba con Nehoda, Svehlik, Viktor y Prohaska. Eran grandes jugadores, muchos desconocidos, ya que la Guerra Fría impedía que jugaran en los transantlánticos occidentales.
La final comenzó con Checoslovaquia dominando. Pronto Svehlik batió por bajo a Maier. Minutos después Karl Dobias conseguía el 2 a 0. Igual que durante todo el campeonato, Alemania iba a trompicones. A remontar.
A los pocos minutos Dietmar Müller recorta distancias. A partir de ahí el Panzer alemán, comandado por el Kaiser, acosa a los checoslovacos. Un Viktor inconmesurable desvía los misiles que se lanzan sobre su portería. Transcurría el minuto 89 cuando, fieles a su historia, los alemanes empataban la final con un gol del marrullero Hölzenbein.
Prórroga. Todo sigue igual. Penaltys.
Los checos empezaban. Los primeros 7 tiros fueron gol. 4 a 3 para Checoslovaquia. El siguiente lanzamiento era para Uli Hoeness. Falló. Según se dice no quería tirarlo.
El quinto penalty, el de la posible victoria checa, era para Antonín Panenka. En frente, Sepp Maier, el mejor portero del mundo en aquellos tiempos. A dónde lanzar? El silbato suena. Pequeña carrerrilla. Antonín va a golpear el balón y se da cuenta de que Maier dobla las rodillas hacia su izquierda. Era el momento. Su amigo y compañero Ivo Viktor le había dicho que si lanzaba los penaltys como lo hacía en los entrenamientos le retiraría el saludo. Valía la pena arriesgarse.
Sorprendentemente Panenka colocó la punta de su bota derecha debajo del balón. Con un ligero toque, el esférico realizó una parábola que se dirigía lentamente al centro de la portería. Maier, tirado en el césped, observaba incrédulo lo fácil que habría sido pararla. El balón no había llegado a la red cuando Antonín levantó los brazos, sabía que sería gol. Había pasado a la historia.
Aquella Eurocopa destinada a homenajear a Cruyff y Beckenbauer, los dos mitos de los setenta, encumbró a otro notable jugador que pasaría a la leyenda por hacer del penalty pura fantasía.
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Siete de siete

A los doce años Mark Spitz ya entrenaba seis horas diarias en la piscina de la Escuela YMCA, en Sacramento. Al acabar su padre le esperaba para llevarlo a casa. Al salir de la piscina le preguntaba:

“Cuántas calles tiene esta piscina?”
“Seis”, decía Mark.
“Y en cuántas está el ganador?”
“Sólo en una, sólo en la mía”, respondía.
El nadador del bigote, el más laurado del Olimpismo con sus siete medallas de oro en Münich – y once en total- , aprendió a nadar…antes que a caminar.
Cuando tenía 18 años ya era considerado una estrella. Era muy bueno, y él lo sabía. Su arrogancia hizo que sus compañeros lo marginaran. Incluso quisieron eliminarlo del equipo de relevos. Al llegar los JJOO de México, Spitz logró 2 oros (en relevos), 1 plata y 1 bronce. Un triunfo para muchos, pero no para él. “Para mi nadar no lo es todo, sino ganar”.
Cuatro años después Spitz ya no daba tanto miedo. El chico que iba a comerse al mundo con 18 años era ahora un joven de 22, que si bien era uno de los grandes, su progresión no había sido la esperada. De la mano del mítico entrenador George Haines perfeccionó su natación con el único objetivo de los Juegos de Múnich. Todas las competiciones antes de aquella cita del verano del 72 no tenían importancia alguna para él.
Siete medallas. Ganó en los 100 libres, 200 libres, 100 mariposa, 200 mariposa, 400 relevo, 400 combinado y 800 relevo. Un factor hace aún más especial semejante hazaña. Todos sus oros, todos ellos, los siete, supusieron un nuevo récord mundial. Impresionante.
Para los JJOO de 1992, sobrepasando la cuarentena, Spitz disputó los preliminares estadounidenses. No logró clasificarse. Mejor. Para que clasificarse cuando lo único importante es ganar.

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El último gran héroe

El Tour de 1998 siempre será recordado por el escándalo del Caso Festina, el plante de los corredores y en España la huida de equipos y medios de comunicación que nos obligaron a ver los últimos días de carrera por Eurosport. Sin embargo, aquel Tour nos mostró una de las mayores exhibiciones ciclistas modernas, el encubramiento del mejor escalador de los últimos 30 años; Marco Pantani.

Jan Ullrich había cogido el amarillo en la octava etapa tras ganar la contrareloj de Correze, en la que aventajo a Pantani en 4’21”, lo que unidos a los 40 segundos que había perdido en el prólogo dejaban al italiano a más de 5 minutos de Jan.
En los Pirineos, primero en la etapa con final en Luchon y luego en la de Plateau de Beille, Pantani logró recortar minuto y medio. Ullrich, imitando a Indurain, controlaba el grupo principal y dejaba al Pirata  márgenes poco preocupantes.
Pero llegamos a la etapa decimoquinta. Se sube la Croix de Fer, el Telegraphe y el Galibier para acabar en Deux Alpes. La etapa reina del Tour se disputa bajo un clima dantesco; lluvia, granizo e incluso nieve. De todos es sabido que a Ullrich le gusta el calor. Habrá batalla.
En la subida al Galibier, Fernando Escartín atacó dos veces. Ullrich lo cogió. Al tercer intento se marchó. Estaba bien situado en la general, pero Jan mandó al Telekom que lo dejara ir. O eso creyeron todos… salvo Marco. Como en los tiempos de Miguel, nadie se atrevía a cuestionar al capo de la carrera, pero Pantani vio debilidad. Seco, atacó. Ullrich se fue tras él, pero…reventó. Pajara descomunal. En la cima del Galibier, Pantani -que ya había dejado atrás a Escartín y al resto de escapados- le saca 2’49” a Ullrich.
Al llegar a las faldas de Deux Alpes la lluvia y el frío arrecian. Pantani tiene poco más de 3 minutos de ventaja. El descenso no le había favorecido. Pero en la última ascensión la apoteosis. En uno de los ascensos más plásticos jamás vistos -favorecido por el efecto de la lluvia- Pantani incremeta su ventaja y saca 8’56” a Ullrich, dejándolo en la general a 5’56”.
Al día siguiente en la etapa de la Madelaine, Ullrich lo intentó todo pero no logró despegar a Pantani de su rueda. Había quien creía que en la contrareloj final cambiaría la situación, pero eran muchos minutos incluso para la Locomotora de Rostock.
Pantani era el nuevo Coppi; Jan Ullrich jamás sería el nuevo Indurain.

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Hielo vs corazón

Wimbledon. Verano de 1980. De un lado “Ice Man”, Bjorn Borg, serio, indoloro, imperturbable. Frío como su Suecia natal.

Del otro lado “El loco”, maleducado, insoportable, temperamental; John McEnroe, el hombre que tiraba la raqueta al suelo. El hombre que logró que la gente se enganchara al tenis.
Aquella final enfrentó dos estilos de juego totalmente opuestos. Cuando en un deporte se enfrentan dos genios tan igual de buenos como diametralmente opuestos, el partido se convierte en algo especial. Estamos ante algo que pasará a la historia.
“Tras ganar el primer set pensé que iba a ganar fácil, pero el partido se convirtió en una batalla física y entonces me desbordó”; manifestó McEnroe. A decir verdad el 6-1 del americano parecía difícil de levantar por parte de Borg.
En el segundo set, Borg logró imponerse por 7-5 y repitió en el tercero por 6-3. En el cuarto set, Bjorn se colocó con 5-4 y dos bolas de partido al saque. El partido parecía finiquitado. Entonces McEnroe alcanzó dos voleas espectaculares que pusieron el 40 a 40 en el tanteo. Después un error de Borg, un saque para cada jugador, y llegamos a la muerte súbita.
Interminable. Así podría describirse el tie break. Ninguno de los dos conseguía romper el saque. Al final Borg lanzó un golpe a la red. 6-7 (16-18) acabó el set.
En cualquier otra situación McEnroe tendría el partido ganado, tanto fisica como psicologicamente; pero enfrente estaba ”Ice Man”. Borg no se cansaba nunca y su cerebro jamás se dejaba dominar por el corazón. Solo tuvo que romper el saque de McEnroe y luego administrar su ventaja. 8-6. Victoria. Cuarto título consecutivo de Wimbledon para Borg. El corazón tendría que esperar al menos un año más.

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Milagro en el Camp Nou

A los seis minutos Supermario Basler lanzaba una falta que tras golpear en la barrera se colaba en la meta de Peter Schmeichel. Manchester 0-1 Bayern.

A partir de ese instante la posesión del balón perteneció al equipo inglés. El Bayern, dirigido por el gran Matthaüs, se encerró atrás y salía rápido al contraataque.
Fue el Bayern quien tuvo las oportunidades más claras, ya que el Manchester hacia poco más que pasarse el balón en el medio del campo. A 10 minutos del final, Scholl tiró una vaselina que golpeó en el poste derecho de Schmeichel. En la siguiente jugada, Jancker lanzó una volea espectacular que da en el larguero. A 5 minutos del final, el United había dado el partido por perdido.
Con Lotthar Matthaüs en el banquillo celebrando el título, solo se esperaba el pitido final para que la máxima de Lineker se cumpliera una vez más. Pero aquel 30 de mayo de 1999 se cumplía el 90 aniversario del nacimiento de Matt Busby, la gran leyenda de los diablos rojos.
En el minuto 67 de partido Blomquist había sido sustituido por Teddy Sheringham. Era Sheringham un ilustre veterano del fútbol inglés al que muchos decían que le venía demasiado grande el Manchester. 14 minutos después saltaba al campo Ole Solskjaer. El noruego era una apuesta personal de Ferguson y estaba considerado un buen elemento de banquillo. Nadie habría apostado por ellos en aquella final europea de Barcelona.
Minuto 90. El Manchester a la desesperada. Desde la frontal y tras una serie de despejes Becks lanza un disparo. En el área decenas de camisetas. Rechaces. Rebotes. El balón llega a Sheringham; a su lado 4 camisetas del Bayern. Le pega mordida. Gol. El balón se cuela pegado al palo izquierdo de Kahn. Prórroga…
Minuto 91. En pleno éxtasis devil córner idéntico al anterior. Exactamente igual, quien ahora aparece es Solskjaer. Cabezazo perfecto, de los que enseñan en las escuelas. Pega en el palo. Gol. 2-1. El Manchester gana la Copa de Europa.
Risas y lágrimas. Matthaüs no se lo podía creer. Kuffour y Tarnat apoyados en los palos de la portería no tenían fuerzas para continuar. La imagen de Collina intentando levantarlos pasará a la posteridad. Por una vez el fútbol no es un deporte donde siempre ganan los alemanes.

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Y el Dream Team aún podía haber sido mejor

“Era como juntar a los Beatles y a Elvis. Viajar con esas 12 estrellas no se puede comparar”.

El mejor equipo formado en cualquier deporte pudo haber sido mejor. Sí, por increíble que parezca se podía mejorar. Estamos hablando de un equipo que llegó a sumar 23 anillos de la NBA -eso sí, mal repartidos-, pero sobretodo hablamos de 6 MVP, y que todos ellos jugaron unas finales NBA -salvo Laettner-.

El maravilloso equipo que pudimos difrutar en España durante el verano del 92, ganó el Oro Olímpico tras una serie de 8-0, logrando sus victorias por más de 44 puntos de media.

John Stockton, Magic Johnson, Clyde Drexler, Chris Mullin, Michael Jordan, Larry Bird, Scottie Pippen, Karl Malone, Christtian Laettner, Charles Barkley, David Robinson y Patrick Ewing. Hubo un momento en el que estos 12 ángeles parecieron humanos. Croacia se puso a 3 puntos en la Final Olímpica. 35-32. Un espejismo. Petrovic, Kukoc, Radja…un oro seguro en cualquier otra competición. Cayeron de 32. 117-85.

Pero vayamos al tema de este artículo. El Dream Team pudo haber sido mejor. Si hay un jugador que hace daño al repasar la descomunal lista es Christian Laettner. El jugador de Duke había sido nombrado universitario del año 1992. Tenía buena mano pero todos sabían que los había mejores que él. Evidentemente que Larry Bird y Chris Mullin fueran los únicos blancos del equipo influyó en su elección. Quien tendría que haber ido entonces? Alonzo Mourning, Larry Johnson…o un chico que sería número 1 del draft de ese año, una fuerza de la naturaleza capaz de recoger 20 rebotes por partido…un tal Shaquille O´Neal.

Hay otro jugador que debía estar en ese equipo, Isiah Thomas. Por qué no fue Thomas? Muy fácil, el dios Jordan dijo que si iba Isiah, él renunciaba.

A pesar de todo lo que se ha dicho, el único jugador comprometido con el equipo olímpico era Magic Johnson. Afectado por el SIDA, logro animar a Larry Bird -que se retiraría después por sus problemas de espalda- y a Michael Jordan, que ya tenía la medalla olímpica de Los Ángeles y no tenía ganas de “experimentos”. Cuando Air estaba convencido, se publicó la lista definitiva y en ella estaba el Piston ganador de dos anillos, Isiah Thomas. Celebre es el odio entre Jordan y Thomas -aunque ya retirados parecen calmados-, y a pesar de los intentos de Magic para integrar a sus dos amigos, estaba claro quien llevaba las de ganar.

También se apunta que en esa lista tendría que haber entrado Dominique Wilkins en el lugar de Scottie Pippen. Se argumenta que el 33 de los Bulls no había demostrado nada por aquel entonces. En realidad sumaba el segundo anillo en su carrera, y con el paso del tiempo se demostró acertada tal decisión.

Así pues, imagínense un Dream Team en el que sustituimos a Laettner y Mullin por O´Neal y Thomas. Sumemos 6 anillos y 2 MVP más. A pesar de todo es, fue y será un equipo irrepetible que ningún sucedaneo de Dream Team podrá igualar, ya que como dijo Chuck Daly, el afortunado “entrenador” de esos genios: “Finalmente vendrá un día, en que los demás podrán competir con nosotros en términos iguales. Y mirarán el Dream Team como algo insuperable”.

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Atenas 04: Alá corre en zapatillas

Hicham El Guerrouj corría los 1500 en 3´33″ cuando aún no había cumplido los 20 años. A los 21 ya era campeón del mundo. A los 23 había dejado el récord del mundo en un estratosférico 3’26″00″. Cuando Hicham llegó a la treintena, unicamente había perdido una carrera en 6 años. De 1997 a 2003 su única derrota se produjo en la final de los JJOO, los málditos Juegos Olímpicos.

Todo comenzó en Atlanta 96. Morceli y Cacho eran los favoritos, pero un joven El Guerrouj tenía mucho que decir. En la última vuelta estaba bien colocado, pero tropezó. Quedo último. Cuatro años de espera.
Después de ganar todos los títulos posibles, El Guerrouj era el gran favorito en Sidney 2000. El oro se pagaba 1 a 1,1. Fue una carrera rápida. En los últimos 200 metros un sprint de Ngeny le dió el oro con 3’32″07″, nuevo récord olímpico. Hicham fue plata, el segundo puesto más doloroso de siempre. La mayor sorpresa de la historia del atletismo olímpico. Otros cuatro años de espera.
Sabía que era su última oportunidad. El año anterior había logrado vencer en 1500 y 5000 en los Mundiales de París. Repitió fórmula antes de los Juegos de Atenas. Llegaba al campeonato con un par de derrotas y una pequeña lesión, aún así era el favorito en 1500; otra cosa eran los 5000.
Entre semifinales y finales, El Guerrouj debía hacer 5 carreras en menos de una semana. Esfuerzo titánico. Desde Paavo Nurmi en 1924 nadie había logrado el doblete, y además Alá nunca había estado presente en una pista olímpica.
La primera fue la de 1500. La carrera fue lenta. Al llegar a la última curva Hicham iba primero pero el pelotón de favoritos estaba con él. Recta de meta. Un keniata, otra vez, le hace frente. Bernard Lagat se abre y ataca por la calle exterior. Parece que Alá tampoco acudirá a estos Juegos. Lagat avanza. Se iguala a Hicham. Cuatro piernas al unísono. Meta….Al fin. Por milésimas. Pero las 18 de su 3’34” le dan el oro. Marruecos estalla de alegría.
El Guerrouj llega relajado a la final de 5000m. A diferencia del 1500 aquí le interesa una carrera lenta, ya que está muy lejos del recordman y gran favorito Kenenisa Bekele. El keniata también aspira al doblete; 5000 y 10000. Uno quiere emular a Nurmi y el otro a Zatopek. La carrera huele a leyenda.
Muy lenta, avanza la carrera. Llegamos a la última vuelta. Bekele fuerza el ritmo. Detrás, Kipchoge -que será bronce- y El Guerrouj. Son unos últimos 400 terroríficos. Llega la curva. Ahora Hicham intenta demostrar que procede de una distancia más corta. Sprinta. 100 metros. En ese momento Bekele vuelve a forzar. Parece que va a ganar. 50 metros. Es entonces, cuando Alá decide aparecer por Atenas. El de las zapatillas había hecho méritos suficientes para llegar al Olimpo, para no quedarse unicamente en campeonatos mundiales. Se produce el milagro. El Guerrouj vuelve al primer puesto. Victoria. Campeón. Doble campeón.
Alá quiso que el premio fuera doble. Tuvo que esperar 8 años, pero al fin lo logró, por partida doble y en Atenas, donde le corresponde, en el Olimpo.

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