Archivo mensual: mayo 2008

Sacchi, el Milan y el fuera de juego

“Cuando entrenaba al Parma de la Serie B, jugamos tres veces con el Milan en Copa. Les ganamos dos veces seguidas en MIlán. La primera vez Berlusconi me dijo que me seguiría, la segunda vez que quería hablar conmigo y la tercera vez me hizo una oferta”.

De este modo, un desconocido entrenador llamado Arrigo Sacchi (1946-), se hacía cargo del AC MIlan para afrontar la campaña 1987-88. Los primeros meses no fueron fáciles. Las vacas sagradas del vestuario, como Baresi o Van Basten, criticaban sus durísimos métodos de trabajo, con entrenamientos que llegaban a las 7 horas diarias. Después de perder los primeros partidos de aquella temporada, incluso hubo un motín para echar a Sacchi, quien pudo sobrevivir gracias a la intercesión de Berlusconi.

La idea de Sacchi era la de tener a los 11 jugadores en constante movimiento, con balón y sin balón. Aparentemente esa era la seña de identidad de  La Naranja Mecánica, un equipo en constante movimiento, desorganizado, pero que siempre atacaba organizado, sin embargo aquel Milan se movía, pero siempre dentro del radio de acción marcado por Sacchi. Todos atacaban y todos defendían, pero nadie podía salir de su zona de influencia. El que dirige el espacio dirige el juego”. Transformó el fútbol en matemáticas. Si Michels construía los partidos a partir de un saque de puerta propio, Sacchi lo hacía empezando con un saque de puerta del rival.

Sacchi añadió dos ideas nuevas, el doble pivote y la defensa en zona. En aquellos días, todavía se marcaba al hombre. Jugadores irrelevantes o toscos, como Chendo, pasarían a la historia por marcajes al límite de lo legal a los Maradona o Platini de turno. Sacchi introdujo la defensa en zona que exigía una gran concentración psíquica y física.

En la temporada 1988-89 se enfrentaron en semifinales de la Copa de Europa el Real Madrid y el AC MIlan. El Madrid de ‘La Quinta del Buitre’, que se paseaba por España, era el indiscutible favorito. En el partido disputado en San Siro, el Milan destrozó a los merengues por 5-0. De los 110 metros del césped, el Milan sólo jugaba en 60. “Nunca he visto un equipo tan junto en un campo”, diría Michel. Fue el punto que marcó el ocaso de aquella generación.

Al año siguiente se repetió el enfrentamiento, esta vez en los octavos de final. Ahora el Milan era el actual Campeón de Europa y por ende, el favorito. El Madrid cayó 2-0 en San Siro y en la vuelta, Toshack decidió romper aquella presión infernal evitando el centro del campo, es decir, buscando a los delanteros directamente desde el saque de puerta. Los merengues incurrieron 24 veces en fuera de juego y sólo lograron un empate (1-1).

Por entonces, si el último defensa estaba en línea con el delantero rival había infracción. A Baresi y compañía les bastaba con tener a un contrario como referencia para tirar la línea de fuera de juego y hacerle incurrir en off-side.  Al poco de aquella exhibición, la International Board decidió que para existir fuera de juego el delantero tendría que estar más adelantado que el defensa. No valía con que estuviera en línea.  Popularmente se conoce a esta regla como ‘norma Anti-MIlan’.

Antes de ganar dos Copas de Europa en tres temporadas, Van Basten preguntó a Sacchi porque a los demás les valía con ganar y el Milan, además de hacerlo, también tenía que dar sensación de autoridad y grandeza. Cuando en 2007 la revista World Soccer eligió al AC MIlan de Sacchi como el mejor club de fútbol de la historia, cuantan que Van Basten llamó al italiano y le dijo: “Míster, ya entiendo por qué no sólo valía con ganar”.

 

 

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La batalla de los sexos

De todos es conocido el progreso de las mujeres en los últimos años ante la obtención de igualdades con relación al hombre. Avance justo y necesario que se da en todos los ámbitos, incluido el deportivo. Aún así, tanto por repercusión económica como mediática, el deporte femenino sigue a años luz del masculino. Sólo hay un deporte en el que las mujeres se pueden equiparar a los hombres, el tenis. Fruto de ello nació ‘La batalla de los sexos’.

La primera tuvo lugar en 1973 en Houston y ante 90 millones de espectadores por TV. Se enfrentaban Billie Jean King, de 29 años de edad y por aquel entonces la número 1 del mundo, contra Bobby Rings, un tenista retirado de 55 años. Logicamente ganó King, pero el partido fue vendido como una demostración de fuerza por parte del mundo femenino.

Sin embargo, en 1992 se produjo una verdadera batalla de los sexos. Frente a frente, dos de las mejores raquetas del momento. Jimmy Connors por parte del yang y Martina Navratilova por parte del ying.  Martina jugó con ventaja. Podía utilizar el sector de la pista destinado a dobles para jugar, sólo se jugaría un set y además Connors sólo disponía de un servicio. Aún así, Jimmy ganó el choque por 6-1 con suma facilidad.

La última brabuconería llegó en 1998. Por aquel entonces, las hermanas Williams gobernaban con mano de hierro el tenis femenino. Con un físico portentoso destrozaban con facilidad a sus rivales y se encaramaron a los dos primeros puestos del ranking WTA. Durante el Open de Australia de aquel año, Serena -la menor y la mejor- dijo que le podía ganar al número 200 de la ATP. El multimillonario Donald Trump puso el dinero y el excéntrico ex tenista John McEnroe la raqueta, pero al final no hubo el tan ansiado choque.

No obstante, si que hubo un tercer capítulo de la batalla de los sexos. Según cuentan, el alemán Karsten Braasch -número 200 del mundo en aquel Open de Australia- acudió a la habitación de Serena y le retó a un set en uno de los campos de entrenamiento. Braasch, que fumaba en los cambios de lado, ganó a Serena por 6-1. Su hermana Venus, que presenciaba el choque, recogió el testigo en el segundo, pero poco más pudo hacer y cayó por 6-2.

Queda mucho para que la batalla llegue a su fin, pero todo hace indicar que en el deporte, el fin tiene un amplísimo camino por recorrer.

 

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Homenaje al Tourmalet

No es el puerto más duro de Europa, ni siquiera del Tour de Francia. No es el Mortirolo, ni el Galibier, ni el Gavia, ni el Angliru, ni el Pla de Corones, pero sin el Tourmalet no habría ningún otro. Fue el primero, de ahí su mística, su importancia y su leyenda, que es rica y variada.

Con sus 2115 metros y 23 kilómetros de ascensión al 6,33% , el ciclista que corona el Tourmalet en cada edición de la prueba francesa recibe el premio Jacques Goddet. Sin embargo, actualmente no está capacitado para albergar la brutalidad de la caravana del Tour en un final de etapa, por lo que el Tourmalet es una cima de paso.  En La Mongie, a 400 metros de coronar el puerto, existe una estación de esquí que si funciona como meta, pero elimina las rampas más duras de la subida.

El Tour daba sus primeros pasos, cuando en 1910 el periodista parisino Alphonse Steines escribía en un artículo que la carrera francesa aún no era la más dura porque no se atravesaban los Pirineos. Hasta entonces, el Tour tenía etapas dantescas de 500 kilómetros pero no se subía ninguna cima, a excepción de alguna tachuela en el Macizo Central francés, donde por supuesto, era el lugar donde se reunían más aficionados.

Henry Desgrange, el patrón del Tour, le contestó en las páginas de L’Auto retándole a que lo hiciera él primero antes de que pasara por allí la caravana ciclista. Dicho y hecho. Steines subió el Tourmalet y envió un telegrama que rezaba: “Superado el Tourmalet. Stop. Muy buena ruta. Stop”. No obstante, tardaría tres días en ser rescatado por la gendarmería francesa.

La realidad era que sólo existían pistas forestales cubiertas de nieve o en su defecto de barro. Era una epopeya. Cuando Óscar Lapize se convirtió en el primer ciclista en coronar el Tourmalet, gritó “sois unos asesinos” a todo aquel que le quiso oír. Pero de ese modo, se había puesto la primera piedra para convertir al Tour de Francia en la mayor lucha deportiva de la humanidad.

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El día más largo

The greatest game ever played” (el mejor partido jamás jugado), “The longest day” (el día más largo) o “Pandemonium” (¿?), son algunos de los calificativos del quinto partido de las Finales de la NBA de 1976, que enfrentó a los Boston Celtics y a los Phoenix Suns, y que acabó con victoria de los verdes por 128-126, tras 63 minutos, o lo que es lo mismo, tras 3 prórrogas.

Los Suns se habían plantado sorprendentemente en la final de la NBA tras ganar apenas 42 partidos en la temporada regular y eliminar a los Warriors, por entonces actuales campeones, y que habían alcanzado las 59 victorias durante el curso. Liderados por Dick Van Arsdale, Alvan Adams y en especial por Paul Westphal, lograron plantarse en el Boston Garden con la eliminatoria igualada a 2 victorias.

Se esperaba que la magia del Garden hiciera que los Celtics sentenciaran la serie con una cómoda victoria, pero no fue así. A falta de 22 segundos para el final del partido, los Suns ganaban por 95-94. Tras un tiro libre anotado por Havlicek, los Celtics empataban el choque a 95 y en la última posesión, Phoenix no consiguió ni siquiera lanzar a canasta. Comenzaba la primera prórroga. “Fue un gran robo, una gran idea y un gran tiro”, dijo Alvan Adams sobre lo que vendría después.

Al término de la primera prórroga, con un nuevo empate en el electrónico, Paul Silas hizo con sus manos el gesto para pedir tiempo muerto cuando a su equipo ya no le quedaban. En la NBA eso significa una falta técnica, o lo que es lo mismo, la posibilidad para Phoenix de llevarse la victoria anotando un tiro libre. El árbitro de aquel choque, Richie Powers, no quiso saber nada y ante las protestas de los de Arizona hubo una segunda prórroga. El peso del Garden y de los Havlicek, White, Cowens y compañía pasaba factura.

A falta de cuatro segundos para el final de la segunda prórroga los Suns ganaban por 110-109. Bola para los Celtics. Saque desde el centro del parquet. Recibe Havlicek. El ’17’ sprinta pegado a la línea lateral. Bota con la mano izquierda. Encara el aro, pero no puede. Sólo le queda un recurso. Desequilibrado ensaya el tiro a cuatro metros. Canasta. Falta un segundo y los Celtics se ponen uno arriba, 111-110. El público salta a la pista.  Entre gritos, Powers señala que aún queda un minuto por jugar. Un grupo de aficionados le agreden. Ya me había quitado las zapatillas”, le dijo Havlicek al árbitro. Había que jugar ese segundo.

En una estratagema digna de Pedro Ferrándiz, Westphal pidió tiempo muerto. Como a su equipo ya no le quedaban, los Celtics dispondrían de un tiro libre como sanción, pero a cambio, los Suns podrían sacar desde el medio del campo. Jo Jo White anotó el tiro libre y puso a los verdes dos puntos arriba. Quedaba la ‘traca final’.  A tenor de lo sucedido, al año siguiente la NBA cambiaría la normativa.

Perry sacó desde media cancha para los Suns y envió el balón a Gar Heard que estaba a seis metros del aro, un poco más allá de la línea de tiros libres. Recibió de espaldas. Media vuelta. Le defiende Cowens. Tiro. Arqueado. Demasiado arqueado. Vuela. Baja. Entra. Heard lo había logrado. 112-112. Tercera prórroga.

Con los dos equipos totalmente exhaustos, los Celtics se adelantaron facilmente por 128-122 fruto de la profundidad de su banquillo. Pero los Suns, en un nuevo acto de coraje, se pusieron a sólo dos puntos (128-126). A falta de cinco segundos Westphal estuvo a punto de robar el balón y forzar la que sería la cuarta prórroga. No pudo ser. Los Celtics conseguían un triunfo épico.

“Me desmaye por el esfuerzo y tuve que ser hospitalizado”, Tom Heinsohn (Celtics).

“Fue un privilegio jugar ese partido” , Paul Westphal (Suns).

“Pertenezco a la historia” , Richie Powers (árbitro).

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El negro más odiado de Alemania

Ya va siendo hora de hablar del hombre que adorna la parte superior de este blog. Nieto de esclavos e hijo de granjeros, Jesse Owens (James Cleveland Owens) ganó en los Juegos Olímpicos de Berlín cuatro medallas de oro en 100 metros, 200 metros, 4×100 metros y salto de longitud -hazaña que no se repetiría hasta 1984 por obra y gracia de Carl Lewis-, pero su mayor victoria fue la derrota que le infringió en su propio estadio y en su propia ciudad a Adolf Hitler, el Führer.

Hitler había preparado las Olimpiadas con la intención de que fueran un éxito rotundo de los atletas alemanes. Cuando El Antílope de Ébano consiguió la que entonces era su segunda medalla de oro en salto de longitud, la historia dice, que el dictador, furioso, abandona el estadio y declina felicitar a Owens. La contreversia es grande, ya que ni siquiera los historiadores son capaces de ponerse de acuerdo en decir si el público del Olímpico de Berlín aplaudió o silbó a Owens cuando ganó el oro.

La versión más extendida apunta que Hitler se marchó minutos antes del fin de la prueba para no asistir a la victoria del Antílope de Ébano. Una segunda versión señala que el Führer se quedó en su asiento en el palco y vio la ceremonia de la victoria, pero sin felicitar al ganador. La historiografía afin al Nazismo, contempla la opción, poco creíble, de que fueron los jueces los que impidieron el acceso de Hitler a la pista para felicitar a Owens.

En todo caso, y seguramente muy a su pesar, Adolf Hitler, el hombre que defendió a ultranza la superioridad de la raza aria, FELICITÓ a Jesse Owens. Lo hizo porque el presidente del COI, Henri Baillet-Latour, le obligó a hacerlo, explicándole que o no felicitaba a nadie o lo tenía que hacer con todos los atletas.

En su autobiografía, el propio Owens señala que Hitler le saludó y que él le devolvió el saludo. El Antílope, siempre dijo que a pesar de todo, fue mucho mejor tratado en Alemania que en Estados Unidos, donde el entonces presidente, Frankin Delano Roosevelt, declinó recibir a Owens en la Casa Blanca por miedo a perder votos entre los Estados segregacionistas del Sur.

No obstante, el mito siempre se confunde con la realidad. Hitler si que abandonó el estadio furioso por la victoria de un atleta afroamericano, pero ni fue Owens ni fue en una prueba de velocidad. Tras imponerse en salto de altura y subir al ‘podium’ para recibir su medalla de oro, Cornelius Johnson se encontró con que no tenía nadie a quien estrechar la mano. El esperpéntico espectáculo diseñado por Hitler había llegado a su fin.

El héroe de los Juegos fue Owens y a él se le atribuye la hazaña de irritar al Führer. Decían los griegos, que un mito es ‘una construcción que se elabora con el objeto de dar sentido a lo inexplicable’. El héroe de los Juegos fue Owens y que se le atribuya a él, y no a Johnson, la hazaña de irritar a Hitler, sólo es un intento más de derrumbar lo inexplicable de lo inexplicable, el Nazismo.

Realidad o mito, es Owens y no Johnson, quien en los archivos de la polícia Nazi -las SS-, estaba catalogado como ‘el negro más odiado de Alemania’-. Afortunadamente, en 1984 los berlineses decidieron reparar esa ofensa bautizando con el nombre de Jesse Owens, una de las calles más importantes de la ciudad.

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Un aristócrata del balón

Tras conquistar su tercer Scudetto consecutivo por primera vez en su historia, Massimo Moratti, el presidente del Inter de MIlán, exhibía su júbilo ante los medios de comunicación. Al fondo, muy al fondo, se vislumbraba la figura de Luis Suárez Miramontes, Luisito, (A Coruña 1935-) el secretario técnico neroazurro, uno de los hombres que más han ‘hablado’ por el bien del Inter a la sombra, y uno de los que menos lo han hecho delante de las cámaras.

 

Corría el año 1951 cuando Alejandro Scopelli, entonces técnico del Deportivo, decide quedarse a ver el entrenamiento de los juveniles. En un momento dado, un chaval, de apenas 15 años, se coloca en el punto de penalty y dispara el balón con precisión al larguero. Tras rebotar en la madera, otro toque de primeras y vuelta a empezar. Así más de 20 veces, todas ellas sin dejarla caer. Luisito no volvería a entrenar con los juveniles.

 

El 6 de diciembre de 1953, con 18 años, Suárez debuta en la Liga en un partido en Les Corts ante el Barcelona. El Deportivo pierde por 6-1, pero el gran Kubala diría al término del choque: “Ese pequeño debutante llegará muy lejos. Es el tipo de interior que me gustaría tener a mi lado. Domina el balón y lo mete magníficamente. Parece un experto”. Sólo tres meses después, el Barcelona fichaba a Luisito por 550.000 pesetas.

 

Sin embargo, y a pesar de su innegable clase, Suárez nunca fue aceptado por la masa ‘culé’, porque Luisito, como muchos otros genios, no era un futbolista que destacara por su entrega física. Y ya se sabe que la grada venerá antes a un burro cojo que a un buen caballo de carreras.

 

El Arquitecto, apodo que le puso Alfredo Di Stéfano por su visión de juego tan sólo superada por la de la propia Saeta, supo esperar su momento, y cuando Helenio Herrera llegó al Barcelona para ganar 2 Ligas y 2 Copas de la UEFA, apostó por Luisito como ‘10′ indiscutible del equipo.

 

A Suárez se le calificó como el primer jugador español que hizo una ‘folla seca’, uno de los primeros futbolistas en dar pases de 40 metros al pie fruto de su exquisita técnica, así como un jugador con un disparo terrible desde fuera del área. De Luisito se dijo también que era un ‘gentelman’, lo que ayudó a aumenar esa fama de jugador sin sangre que tantos problemas le acarreo.

 

Como tantas veces haría el Barcelona con el paso de los años, Luisito fue la primera estrella azulgrana en salir de ‘Can Barça’ por la puerta de atrás. Después de perder la final de la Copa de Europa de 1961, Helenio Herrera se marcha al Inter, y exige como condición única que le acompañe El Arquitecto. En Barcelona nadie lloró su pérdida. Tardarían 15 años en recuperarse.

 

En el Inter, Suárez agrandó su leyenda con 2 Copas de Europa y 3 Scudettos. A pesar de que fue el standarte de la selección española que ganó la Eurocopa de 1964, fue en Italia donde encontró su verdadero hogar y donde aún reside ahora, venerado por los neroazurros y considerado un italiano más, del mismo modo que su gran ídolo y alter ego Alfredo Di Stéfano, es considerado un español más.

 

Cuando la FIFA confeccionó la lista de los 125 mejores jugadores vivos de todos los tiempos, Suárez no aparecía. Si estaban Emilio Butragueño, Luis Enrique o Raúl González. Suárez ganó 1 Balón de Oro, 2 Balones de Plata y 1 Balón de Bronce. La ignorancia no tiene límites y traspasa fronteras. El Arquitecto es uno de los grandes olvidados en la historia de este deporte. Menos mal que siempre nos quedarán las palabras que el diario L’Equipe le dedicó después de que France Football le otorgara el Balón de Oro:

 

“Suárez amansa el balón, dribla como nadie, coloca la pelota donde y cuando quiere. Parece un duque en el campo. Da la impresión de que no suda. Es un aristócrata del balón, y su fútbol, un espectáculo de ballet moderno”.

 

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El sueño americano

En 2006 la Disney tuvo la feliz idea de recoger una de esas historias lacrimógenas que abundan por Estados Unidos y convertirla en una película. Cinematográficamente no pasará a la historia, sin embargo, Invencible’  sirvió para dar a conocer la leyenda de Vince Papale.

Tras trece temporadas con un sólo balance positivo, en 1976 los Philadelphia Eagles fichan como nuevo entrenador a Dick Vermeil, técnico hasta entonces en la universidad de UCLA. Ante el pesimismo que se cierne sobre el equipo, Vermeil anuncia que todas aquellas personas de la ciudad de Philadelphia que lo deseen, pueden presentarse en las instalaciones del club para realizar una prueba y si la pasan podrán pertenecer a la disciplina de los Eagles de la NFL.

Animado por sus colegas y ahogado por las deudas, un camarero de 30 años llamado Vince Papale acude a la llamada. A pesar de que se citan cientos de ex jugadores universitarios, y aunque en un principio Vermeil se tomaba la convocatoria como una manera de aumentar la moral de la ciudad y nada más, Papale poco a poco va pasando los cortes y finalmente consigue una plaza como jugador profesional.

Aquel camarero, que sólo había jugado de manera federada al fútbol americano durante su época en el instituto, formaría parte de la plantilla de los Eagles durante tres temporadas. Nunca fue un jugador destacado y en la mayoría de los partidos disponía de pocos minutos, pero todos sus compañeros siempre lo señalaron como el culpable de que en 1980 los Eagles volvieran a la Super Bowl.

Con el tiempo, Papale fue elegido dentro del equipo ideal en la historia de los Eagles. La frase ‘sueño americano’ se usa a menudo y muchas veces sin sentido. En este caso, son las palabras exactas para definir una historia, que ni el mejor guionista de la Disney hubiera soñado.

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