El negro más odiado de Alemania

Ya va siendo hora de hablar del hombre que adorna la parte superior de este blog. Nieto de esclavos e hijo de granjeros, Jesse Owens (James Cleveland Owens) ganó en los Juegos Olímpicos de Berlín cuatro medallas de oro en 100 metros, 200 metros, 4×100 metros y salto de longitud -hazaña que no se repetiría hasta 1984 por obra y gracia de Carl Lewis-, pero su mayor victoria fue la derrota que le infringió en su propio estadio y en su propia ciudad a Adolf Hitler, el Führer.

Hitler había preparado las Olimpiadas con la intención de que fueran un éxito rotundo de los atletas alemanes. Cuando El Antílope de Ébano consiguió la que entonces era su segunda medalla de oro en salto de longitud, la historia dice, que el dictador, furioso, abandona el estadio y declina felicitar a Owens. La contreversia es grande, ya que ni siquiera los historiadores son capaces de ponerse de acuerdo en decir si el público del Olímpico de Berlín aplaudió o silbó a Owens cuando ganó el oro.

La versión más extendida apunta que Hitler se marchó minutos antes del fin de la prueba para no asistir a la victoria del Antílope de Ébano. Una segunda versión señala que el Führer se quedó en su asiento en el palco y vio la ceremonia de la victoria, pero sin felicitar al ganador. La historiografía afin al Nazismo, contempla la opción, poco creíble, de que fueron los jueces los que impidieron el acceso de Hitler a la pista para felicitar a Owens.

En todo caso, y seguramente muy a su pesar, Adolf Hitler, el hombre que defendió a ultranza la superioridad de la raza aria, FELICITÓ a Jesse Owens. Lo hizo porque el presidente del COI, Henri Baillet-Latour, le obligó a hacerlo, explicándole que o no felicitaba a nadie o lo tenía que hacer con todos los atletas.

En su autobiografía, el propio Owens señala que Hitler le saludó y que él le devolvió el saludo. El Antílope, siempre dijo que a pesar de todo, fue mucho mejor tratado en Alemania que en Estados Unidos, donde el entonces presidente, Frankin Delano Roosevelt, declinó recibir a Owens en la Casa Blanca por miedo a perder votos entre los Estados segregacionistas del Sur.

No obstante, el mito siempre se confunde con la realidad. Hitler si que abandonó el estadio furioso por la victoria de un atleta afroamericano, pero ni fue Owens ni fue en una prueba de velocidad. Tras imponerse en salto de altura y subir al ‘podium’ para recibir su medalla de oro, Cornelius Johnson se encontró con que no tenía nadie a quien estrechar la mano. El esperpéntico espectáculo diseñado por Hitler había llegado a su fin.

El héroe de los Juegos fue Owens y a él se le atribuye la hazaña de irritar al Führer. Decían los griegos, que un mito es ‘una construcción que se elabora con el objeto de dar sentido a lo inexplicable’. El héroe de los Juegos fue Owens y que se le atribuya a él, y no a Johnson, la hazaña de irritar a Hitler, sólo es un intento más de derrumbar lo inexplicable de lo inexplicable, el Nazismo.

Realidad o mito, es Owens y no Johnson, quien en los archivos de la polícia Nazi -las SS-, estaba catalogado como ‘el negro más odiado de Alemania’-. Afortunadamente, en 1984 los berlineses decidieron reparar esa ofensa bautizando con el nombre de Jesse Owens, una de las calles más importantes de la ciudad.

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