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La mamá voladora

Cuando era una niña, Fanny Koen (1919-) practicaba gimnasia, esgrima y natación. Un día, cuando tenía catorce años, se plantó delante de sus padres y les dijo: “Correr. Eso es lo que quiero. Seré la más veloz de todas”. Tenía 18 años cuando participó en los Juegos Olímpicos de Berlín, y tuvo una buena actuación, logrando sendos quintos puestos en salto de altura y 4×100.

Con una guerra de por medio, dos hijos y un matrimonio con Jan Blankers, su entrenador, Fanny Koen- ahora Fanny Blankers Koen– viaja a Londres para participar en los Juegos de 1948, rondando los 30 años. Por aquel entonces, ya se había aceptado con normalidad la presencia de las mujeres en las Olimpiadas, pero siempre que éstas fueran jóvenes estudiantes. No eran bien vistas las participantes femeninas de más de 25 años, y por supuesto, era escandaloso que una madre abandonara a su hijos por una prueba deportiva.

Lo que haría Fanny pasaría a la historia. Cuatro medallas de oro en 100 metros, 200 metros, 80 metros vallas y 4×100 metros. Una madre de casi 30 años había igualado a Jesse Owens. Las críticas se habían acabado. Ya no era Blankers-Coen, era ‘La mamá voladora’

Durante su vida batió hasta 20 récords del mundo, e incluso pudo haber conseguido seis oros en aquellos Juegos, si las pruebas de salto de altura y de longitud (en las cuales poseía el récord del mundo del momento) no se hubieran celebrado el mismo día y a la misma hora que las de velocidad.

En 1999, la IAAF designó a Fanny como la mejor atleta de la historia del atletismo femenino. “Todo esto por correr unos pocos metros”, dijo. Sin ella, no se podrían entender a todas las demás.

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El negro más odiado de Alemania

Ya va siendo hora de hablar del hombre que adorna la parte superior de este blog. Nieto de esclavos e hijo de granjeros, Jesse Owens (James Cleveland Owens) ganó en los Juegos Olímpicos de Berlín cuatro medallas de oro en 100 metros, 200 metros, 4×100 metros y salto de longitud -hazaña que no se repetiría hasta 1984 por obra y gracia de Carl Lewis-, pero su mayor victoria fue la derrota que le infringió en su propio estadio y en su propia ciudad a Adolf Hitler, el Führer.

Hitler había preparado las Olimpiadas con la intención de que fueran un éxito rotundo de los atletas alemanes. Cuando El Antílope de Ébano consiguió la que entonces era su segunda medalla de oro en salto de longitud, la historia dice, que el dictador, furioso, abandona el estadio y declina felicitar a Owens. La contreversia es grande, ya que ni siquiera los historiadores son capaces de ponerse de acuerdo en decir si el público del Olímpico de Berlín aplaudió o silbó a Owens cuando ganó el oro.

La versión más extendida apunta que Hitler se marchó minutos antes del fin de la prueba para no asistir a la victoria del Antílope de Ébano. Una segunda versión señala que el Führer se quedó en su asiento en el palco y vio la ceremonia de la victoria, pero sin felicitar al ganador. La historiografía afin al Nazismo, contempla la opción, poco creíble, de que fueron los jueces los que impidieron el acceso de Hitler a la pista para felicitar a Owens.

En todo caso, y seguramente muy a su pesar, Adolf Hitler, el hombre que defendió a ultranza la superioridad de la raza aria, FELICITÓ a Jesse Owens. Lo hizo porque el presidente del COI, Henri Baillet-Latour, le obligó a hacerlo, explicándole que o no felicitaba a nadie o lo tenía que hacer con todos los atletas.

En su autobiografía, el propio Owens señala que Hitler le saludó y que él le devolvió el saludo. El Antílope, siempre dijo que a pesar de todo, fue mucho mejor tratado en Alemania que en Estados Unidos, donde el entonces presidente, Frankin Delano Roosevelt, declinó recibir a Owens en la Casa Blanca por miedo a perder votos entre los Estados segregacionistas del Sur.

No obstante, el mito siempre se confunde con la realidad. Hitler si que abandonó el estadio furioso por la victoria de un atleta afroamericano, pero ni fue Owens ni fue en una prueba de velocidad. Tras imponerse en salto de altura y subir al ‘podium’ para recibir su medalla de oro, Cornelius Johnson se encontró con que no tenía nadie a quien estrechar la mano. El esperpéntico espectáculo diseñado por Hitler había llegado a su fin.

El héroe de los Juegos fue Owens y a él se le atribuye la hazaña de irritar al Führer. Decían los griegos, que un mito es ‘una construcción que se elabora con el objeto de dar sentido a lo inexplicable’. El héroe de los Juegos fue Owens y que se le atribuya a él, y no a Johnson, la hazaña de irritar a Hitler, sólo es un intento más de derrumbar lo inexplicable de lo inexplicable, el Nazismo.

Realidad o mito, es Owens y no Johnson, quien en los archivos de la polícia Nazi -las SS-, estaba catalogado como ‘el negro más odiado de Alemania’-. Afortunadamente, en 1984 los berlineses decidieron reparar esa ofensa bautizando con el nombre de Jesse Owens, una de las calles más importantes de la ciudad.

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El último guepardo blanco

A veces la suerte también juega. Hay que aprovecharla. Su mejor puesto en unos europeos: quinto. Su mejor puesto en unos mundiales: cuarto. Su mejor marca de siempre: 10,11 segundos.

En 1980 los USA decidieron boicotear los Juegos Olímpicos de Moscú. James Sanford, Stanley Floyd o Mel Lattany se quedaron en casa. Los mejores velocistas del mundo no compitirían en la prueba reina de unas Olímpiadas. A los 28 años, el escocés Allan Wells tendría su gran oportunidad.

En las semifinales de los 100 metros de aquellos Juegos, Wells bajo de su marca personal establecida en 10,15 y la dejo en 10,11; récord de Gran Bretaña. En Moscú 80 se obligó a utilizar los tacos en la salida. Hasta entonces Wells no los había usado nunca. De repente, había una nueva alternativa.

 

El indiscutible favorito en la final era el cubano Silvio Leonard. Desde Harold Abrahams en 1924 (vean la película Carros de Fuego) un británico no ganaba el oro en los 100 metros lisos. Wells en la calle uno. Leonard en la calle ocho. Dos esquinas. 10,25 segundos. Idéntico resultado. Foto finish. Wells es oro. Con 28 años se convierte en el ganador más veterano de los 100 metros lisos.

Cuatro días después se plantó en la final de los 200 metros y con un registro de 20,21 obtuvo la plata y logró el record británico. El intocable Mennea se hizo con el oro. Wells le obligó a hacer récord del mundo. 20,19 segundos.

En Los Ángeles 84, con 32 años, Wells no paso de semifinales. Comenzaba la época de Carl Lewis, el hijo del viento. Se dice del guepardo que es el animal más rápido de la tierra. Se olvida señalar que tiene paciencia y una vista privilegiada que aprovecha para elegir a sus víctimas en la distancia. Allan Wells, el último guepardo blanco supo esperar el momento adecuado.

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Diez años de tiranía

Edwin Moses nació en Ohio. Ya era especial entre sus convecinos por ser de raza negra en un Estado con predominio del hombre blanco. Más raro aún fue que le dieran una beca para cursar física e ingeniería en la universidad de Atlanta. Física e ingeniería. ¿Una premonición? Vallas + elasticidad. La fórmula de un gran campeón.

Cuando Moses se presenta a los trials de USA y se clasifica para disputar los 400 metros vallas en los JJOO de Montreal, sorprende a propios y extraños. Edwin había destacado en pruebas más cortas y a los especialistas les inquietó este cambio.

El 2 de julio de 1976 Moses lograba la medalla de oro con un tiempo de 47,64 (récord del mundo). Pero lo más sorprendente es que había vapuleado a sus rivales. La medalla de plata entró más de un segundo por detrás. Otros dos segundos habría que añadir al bronce. Moses se había convertido en un icono norteamericano. En la etapa más oscura de la historia de USA, trasladada también al deporte, se convertía en el único oro individual en atletismo de su delegación.

Después de batir su récord del mundo al año siguiente, dejándolo en 47’45 (su marca definitiva sería: 47’02) comienza una de las rachas más terroríficas que jamás se hayan visto en el mundo del deporte. 10 años invicto. 122 victorias consecutivas. Tiránico. Ganó todo lo que se puede ganar, pero siempre tendrá la espina de los Juegos de 1980, donde el boicot a Moscú le impidió lograr una medalla que tenía asegurada.

Con 33 años Moses se presenta a los Juegos de Seúl donde consigue una decepcionante, para él, medalla de bronce. Decide retirarse, pero a los pocos meses retorna a la competición. Se hace profesional de bobsleigh…y gana una medalla de bronce en los mundiales de 1990.

Por increible que parezca aún hay más. En agosto de 2003 da una rueda de prensa en París y anuncia su vuelta a la competición con 48 años. “Mi objetivo es bajar de los 50 segundos” anuncia. No logró clasificarse para los JJOO de Atenas. Menos mal, pensaron sus rivales. Quizás los deleitara con otros 10 años de tiranía.

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No hay dolor

Hubo un tiempo en el que keniatas, etiopes y demas naciones del África Negra no sabían que su físico les podía hacer salir de la miseria. Uno de ellos lo comprendió, y de que manera.

Abebe Bikila tenía 28 años cuando disputó los JJOO de Roma. Como tantos campesinos se enroló en el ejército para salir de la pobreza. Sus condiciones físicas le llevaron a ser miembro de la Guardia Imperial, pero el destino le tenía reservado otros planes. Por aquel entonces algunos entrenadores europeos empezaban a darse cuenta que bien preparados los atletas africanos serían invencibles; uno de estos pioneros fue el sueco Onni Niskasen. Bikila realizaba una maniobra en Addis-Abeba cuando Niskasen lo vio. Ya tenía un diamante que pulir.
Evidentemente entre el equipaje de Onni iban unas zapatillas Adidas, y evidentemente su intención era que Abebe las calzara. Bikila dijo que no, que el corria descalzo. Tras mucho discutir, Niskasen realizó una serie de pruebas y descubrió que el etíope corría más rápido sin zapatillas. El diamante tenía su propio estilo.
Y así fue. Bikila se presentó en los JJOO de Roma descalzo. Había ganado un par de pruebas menores, pero era la nota extravagante. Mira ese negro sin zapatillas; decían. Arrasó. Camino de la victoria, Bikila bordeó el obelisco de Axum que Mussolini llevara a Roma desde Etiopia en 1937. En plena descolonización aquello era mucho más que deporte. Y además no solo había ganado el oro, también había pulverizado el récord del mundo. Para mayor incredulidad, en los 42 kilómetros de la maraton solo había perdido 350 gramos, cuando lo normal es perder 4 kilos.
Le llovieron los contratos. Se hizo rico. Le obligaron a usar zapatillas. Fue aclamado y adorado. Era el mesías negro. Pero la profesionalización le hizo abandonar su hogar. Se instaló en Europa, seguía mandando dinero y ayudando a su país, pero los celos le obligaron incluso a pasar un par de meses en la cárcel acusado de rebelión.
Por si fuera poco, seis semanas antes de los JJOO de Tokio, Bikila sufrió una apendicitis. Aún así era el favorito, y aunque no tenía el apoyo de su Gobierno lo seguía teniendo de sus compatriotas. Y lo logró. Triunfó 4 años después, eso sí, esta vez con zapatillas.
En México ya no pudo repetir. Aquejado por una fisura en la pierna derecha abandonó en el kilómetro 17. Pero el daño ya estaba hecho, otro compatriota se llevó la victoria. El dominio africano ya no tendría fin.
Abierto el camino y convertido en leyenda, Bikila volvió a casa. Aclamado por sus paisanos, un accidente de circulación lo postró en una silla de ruedas. Estaba muerto. Sus pies no andarían jamás. Su corazón estaba muerto. Más triste que enfermo, fallecía en 1973 con 41 años. Moría el primer ídolo de África.

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Atenas 04: Alá corre en zapatillas

Hicham El Guerrouj corría los 1500 en 3´33″ cuando aún no había cumplido los 20 años. A los 21 ya era campeón del mundo. A los 23 había dejado el récord del mundo en un estratosférico 3’26″00″. Cuando Hicham llegó a la treintena, unicamente había perdido una carrera en 6 años. De 1997 a 2003 su única derrota se produjo en la final de los JJOO, los málditos Juegos Olímpicos.

Todo comenzó en Atlanta 96. Morceli y Cacho eran los favoritos, pero un joven El Guerrouj tenía mucho que decir. En la última vuelta estaba bien colocado, pero tropezó. Quedo último. Cuatro años de espera.
Después de ganar todos los títulos posibles, El Guerrouj era el gran favorito en Sidney 2000. El oro se pagaba 1 a 1,1. Fue una carrera rápida. En los últimos 200 metros un sprint de Ngeny le dió el oro con 3’32″07″, nuevo récord olímpico. Hicham fue plata, el segundo puesto más doloroso de siempre. La mayor sorpresa de la historia del atletismo olímpico. Otros cuatro años de espera.
Sabía que era su última oportunidad. El año anterior había logrado vencer en 1500 y 5000 en los Mundiales de París. Repitió fórmula antes de los Juegos de Atenas. Llegaba al campeonato con un par de derrotas y una pequeña lesión, aún así era el favorito en 1500; otra cosa eran los 5000.
Entre semifinales y finales, El Guerrouj debía hacer 5 carreras en menos de una semana. Esfuerzo titánico. Desde Paavo Nurmi en 1924 nadie había logrado el doblete, y además Alá nunca había estado presente en una pista olímpica.
La primera fue la de 1500. La carrera fue lenta. Al llegar a la última curva Hicham iba primero pero el pelotón de favoritos estaba con él. Recta de meta. Un keniata, otra vez, le hace frente. Bernard Lagat se abre y ataca por la calle exterior. Parece que Alá tampoco acudirá a estos Juegos. Lagat avanza. Se iguala a Hicham. Cuatro piernas al unísono. Meta….Al fin. Por milésimas. Pero las 18 de su 3’34” le dan el oro. Marruecos estalla de alegría.
El Guerrouj llega relajado a la final de 5000m. A diferencia del 1500 aquí le interesa una carrera lenta, ya que está muy lejos del recordman y gran favorito Kenenisa Bekele. El keniata también aspira al doblete; 5000 y 10000. Uno quiere emular a Nurmi y el otro a Zatopek. La carrera huele a leyenda.
Muy lenta, avanza la carrera. Llegamos a la última vuelta. Bekele fuerza el ritmo. Detrás, Kipchoge -que será bronce- y El Guerrouj. Son unos últimos 400 terroríficos. Llega la curva. Ahora Hicham intenta demostrar que procede de una distancia más corta. Sprinta. 100 metros. En ese momento Bekele vuelve a forzar. Parece que va a ganar. 50 metros. Es entonces, cuando Alá decide aparecer por Atenas. El de las zapatillas había hecho méritos suficientes para llegar al Olimpo, para no quedarse unicamente en campeonatos mundiales. Se produce el milagro. El Guerrouj vuelve al primer puesto. Victoria. Campeón. Doble campeón.
Alá quiso que el premio fuera doble. Tuvo que esperar 8 años, pero al fin lo logró, por partida doble y en Atenas, donde le corresponde, en el Olimpo.

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Destino: 8,90 m

Bob Beamon nació en New York en 1946. Comenzó a correr en la Jamaica High School, que como su nombre índica, no era hogar de atletas adinerados, y mucho menos de tez oscura. Formaría parte de los equipos de atletismo de la Universidad de Texas y de Adelphi. Fue en esta última donde explotó, beneficiado por un mejor clima de acogida y realizando marcas de más de 8 metros con apenas 20 años.

Cuando llegaron los JJOO de México, Beamon era favorito al oro, pero no el único. Lynn Davies, Ralph Boston, e Ígor Ter-Ovanesyan; los tres medallistas de Tokio cuatro años antes, partían con cierta ventaja. En realidad Beamon jamás volvería a competir a semejante nivel.

Cuando Bob comenzó la batida, lo hizo mal. Siempre lo hacía mal. Le costaba mucho coordinar los pasos hasta que estaba cerca de la arena. El viento soplaba ligeramente a favor, lo que unido a la elevada altitud de Distrito Federal parecía dar un plus a su vuelo. Uno, dos, tres pasos. Impresionate. Qué vuelo! Llegó al límite de la arena. 10 centímetros más allá y el registro quedaría invalidado, al no poderse medir. 8,90. Había superado el anterior récord… en 55 centímetros. Bárbaro. Jamás se había pulverizado una marca de tal forma. Indescriptible e innesperado.

Beamon, se retiró poco después y no participó en más JJOO. Dicen que jamás pudo asimilar su éxito y que se frustraba al no aproximarse nunca a su extraordinaria marca.

En 1991, en los mundiales de Tokio, Carl Lewis lo batió por un centímetro, pero en el salto siguiente, Mike Powell dejo el récord en 8,95 m. Dos proezas en una. 8,95m, esta sí que parece inalcanzable. Si no lo es, será tema para otro capítulo.

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