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Veintiséis victorias y otras tantas derrotas

Al superar el récord de victorias de Sainz, a Sebastian Loeb le preguntaban si era ya el mejor piloto de la historia. Contestaba que son épocas diferentes, rivales distintos y que en todo caso la grandeza de Carlos no se mide en triunfos.

En efecto, la llegada de Sainz al mundial de rallies revolucionó el panorama. Su conducción agresiva cambiaba los cánones imperantes y daba un nuevo aire al mundo del motor. Eso es lo que hace que Loeb y tantos otros lo admiren. Pero hay algo más que lo hace tan grande como humano; su eterna mala suerte.
Todo comenzó en 1991. Sainz buscaba el doblete ante Juha Kankhunen. Llegaba a la última prueba del mundial -el fatídico para él, Rally de GB- con todo a su favor para lograr el título. Un fallo mecánico le haría esperar al año siguiente para repetir título.
En 1994, Sainz, Moya y su Subaru llegaron a Gran Bretaña practicamente sin opciones. Didier Auriol tenía 10 puntos de ventaja y todo a su favor. Pero el francés falló y de pronto Sainz pareció retomar la senda de la buena estrella. Error. En la última etapa del último día se salió en una curva. Fue la primera de las grandes frases que el dueto dejaría para la historia. “La cagamos, Luis”; “No la cagamos Carlos, no la cagamos”. Vendrían más.
Al año siguiente no fue la mala suerte sino la indisciplina de su compañero de equipo Colin McRae quien le impidió lograr el título. Habría que esperar a 1998, cuando el gato negro que lo acompaña se hizo de oro.
Tommi Makinen había abandonado. Último tramo, último día. Ya camino de Finlandia, Tommi felicitaba a Sainz por una victoria que tanto merecía. A Carlos y Luis les valía ser quintos. Iban tranquilos, disfrutando del paseo, saboreando los últimos kilómetros. 500 metros. Avanzan muy despacio, …demasiado despacio. Los limpia corren de un lado al otro del cristal pero el coche no sigue su ritmo… Se ha parado! Sale humo del motor. No puede ser. Rapidamente salen del coche. Se repite la historia: “la cagamos”; “no la cagamos Carlos”. Luis coje un extintor e intenta apagar el motor, y añade una nueva frase a la leyenda “trata de arrancarlo por Dios, trata de arrancarlo!”. No, no, no arrancó. Luis lanza el casco sobre el maldito Corolla. Carlos llora apoyado en su neumático delantero.
Hubo un epílogo en 2003. Esta vez era el tercero en discordia tras Loeb y Solberg y debía arriesgar. No había abandonado en ninguna prueba a lo largo del año. Se salió. Out.
Veintiséis victorias y otras tantas derrotas. Dicen que debería tener al menos cinco títulos mundiales. También dicen que para ser leyenda solo hay dos caminos: morir joven o ser tan humano como gran deportista. Carlos eligió la segunda opción.

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