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Siete de siete

A los doce años Mark Spitz ya entrenaba seis horas diarias en la piscina de la Escuela YMCA, en Sacramento. Al acabar su padre le esperaba para llevarlo a casa. Al salir de la piscina le preguntaba:

“Cuántas calles tiene esta piscina?”
“Seis”, decía Mark.
“Y en cuántas está el ganador?”
“Sólo en una, sólo en la mía”, respondía.
El nadador del bigote, el más laurado del Olimpismo con sus siete medallas de oro en Münich – y once en total- , aprendió a nadar…antes que a caminar.
Cuando tenía 18 años ya era considerado una estrella. Era muy bueno, y él lo sabía. Su arrogancia hizo que sus compañeros lo marginaran. Incluso quisieron eliminarlo del equipo de relevos. Al llegar los JJOO de México, Spitz logró 2 oros (en relevos), 1 plata y 1 bronce. Un triunfo para muchos, pero no para él. “Para mi nadar no lo es todo, sino ganar”.
Cuatro años después Spitz ya no daba tanto miedo. El chico que iba a comerse al mundo con 18 años era ahora un joven de 22, que si bien era uno de los grandes, su progresión no había sido la esperada. De la mano del mítico entrenador George Haines perfeccionó su natación con el único objetivo de los Juegos de Múnich. Todas las competiciones antes de aquella cita del verano del 72 no tenían importancia alguna para él.
Siete medallas. Ganó en los 100 libres, 200 libres, 100 mariposa, 200 mariposa, 400 relevo, 400 combinado y 800 relevo. Un factor hace aún más especial semejante hazaña. Todos sus oros, todos ellos, los siete, supusieron un nuevo récord mundial. Impresionante.
Para los JJOO de 1992, sobrepasando la cuarentena, Spitz disputó los preliminares estadounidenses. No logró clasificarse. Mejor. Para que clasificarse cuando lo único importante es ganar.
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