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El tenis, la geometría, y un Duque

Las reglas del juego también forman parte de la historia del deporte. 15-30-40-iguales. ¿Qué es eso? Tenis. ¿Y por qué? Trataré de explicarlo.

Durante la Edad Media se practicaba en Europa un deporte muy popular entre las clases nobles, con cierta similitud a la pelota vasca, y que está considerado como predecesor de nuestro tenis. Para puntuar, aquellos participantes idearon un sistema de medición sexagesimal, el utilizado en la época.

A finales del siglo XIX todavía se usaba el sextante para medir la elevación del sol y conocer así la latitud. El sextante está dividido en cuatro partes que corresponden a cuatro ángulos (15º, 30º, 45º y 60º) y corresponde con la sexta parte de una circunferencia, es decir, 360º; razón por la cual un set se divide en seis juegos. Aquel sistema era la forma más común de medir distancias cuando el tenis actual comenzó a tomar forma. Posteriormente, los 45º fueron sustituidos por 40, porque su pronunciación inglesa (forty frente a forty five) hacía más fácil al árbitro cantar los puntos. Esta es la teoría más aceptada, pero hay muchas más.

El círculo. Símbolo de perfección. Una circunferencia tiene 360º y equivale a un set, el cual se divide en seis partes iguales (60º) que corresponden a cada juego del partido. Estos 60º se dividirian en cuatro partes dando lugar a los diferentes tantos. Esta teoría defiende que el vencedor no sea el que consiga más puntos, sino el que antes llegue a la perfección. Cabes señalar que el tenis es de los pocos deportes, sino el único, en el que el ganador no tiene porque ser el que ha conseguido más puntos a lo largo de un partido.

Según otros historiadores, el registro de puntuación proviene de dividir una hora en sus cuatro cuartos (15, 30, 45 -abreviado a 40- y 60). Para ganar un partido habría que hacer dos sets, que suman las 12 horas de medición temporal de un día; (6+6: 12).

Las cosas suelen ser mucho más simples. También deambula por los pasillos de la historia, la teoría de que un Duque del s.XIII no sabía contar bien. Así, propuso contar de 15 en 15, pero como siempre sumaba mal, al final la puntuación se quedó en los ya conocidos 15-30 y 40. ¿Leyenda? Seguramente. Pero siempre es más sencillo que las matemáticas.

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La batalla de los sexos

De todos es conocido el progreso de las mujeres en los últimos años ante la obtención de igualdades con relación al hombre. Avance justo y necesario que se da en todos los ámbitos, incluido el deportivo. Aún así, tanto por repercusión económica como mediática, el deporte femenino sigue a años luz del masculino. Sólo hay un deporte en el que las mujeres se pueden equiparar a los hombres, el tenis. Fruto de ello nació ‘La batalla de los sexos’.

La primera tuvo lugar en 1973 en Houston y ante 90 millones de espectadores por TV. Se enfrentaban Billie Jean King, de 29 años de edad y por aquel entonces la número 1 del mundo, contra Bobby Rings, un tenista retirado de 55 años. Logicamente ganó King, pero el partido fue vendido como una demostración de fuerza por parte del mundo femenino.

Sin embargo, en 1992 se produjo una verdadera batalla de los sexos. Frente a frente, dos de las mejores raquetas del momento. Jimmy Connors por parte del yang y Martina Navratilova por parte del ying.  Martina jugó con ventaja. Podía utilizar el sector de la pista destinado a dobles para jugar, sólo se jugaría un set y además Connors sólo disponía de un servicio. Aún así, Jimmy ganó el choque por 6-1 con suma facilidad.

La última brabuconería llegó en 1998. Por aquel entonces, las hermanas Williams gobernaban con mano de hierro el tenis femenino. Con un físico portentoso destrozaban con facilidad a sus rivales y se encaramaron a los dos primeros puestos del ranking WTA. Durante el Open de Australia de aquel año, Serena -la menor y la mejor- dijo que le podía ganar al número 200 de la ATP. El multimillonario Donald Trump puso el dinero y el excéntrico ex tenista John McEnroe la raqueta, pero al final no hubo el tan ansiado choque.

No obstante, si que hubo un tercer capítulo de la batalla de los sexos. Según cuentan, el alemán Karsten Braasch -número 200 del mundo en aquel Open de Australia- acudió a la habitación de Serena y le retó a un set en uno de los campos de entrenamiento. Braasch, que fumaba en los cambios de lado, ganó a Serena por 6-1. Su hermana Venus, que presenciaba el choque, recogió el testigo en el segundo, pero poco más pudo hacer y cayó por 6-2.

Queda mucho para que la batalla llegue a su fin, pero todo hace indicar que en el deporte, el fin tiene un amplísimo camino por recorrer.

 

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Un rebelde ante la Reina de Inglaterra

Quizás, mientras levantaba su copa de champán para celebrar el año nuevo, se prometió a si mismo ser un buen chico aquel año. No lo sé. Pero el caso es que en 1992, Andre Kirk Agassi (1970) decidió dejar de ser un rebelde. O mejor dicho, dejar de ser un rebelde sin causa y buscar una. Plantarse delante de la Reina de Inglaterra en el All England Club de Wimbledon.

Emmanuel Agassi era un boxeador que compitió en boxeo en los Juegos Olímpicos de Londres 48 y Helsinki 52 bajo la bandera de Irán. Descediente de armenios, emigró a los Estados Unidos donde cambió su verdadero apellido, ‘Agassian’ por el de Agassi. Así se conocería a su hijo, Andre Kirk Agassi.

17 años después de aquello, Agassi hijo ganaba su primer torneo como tenista profesional en Itapatica (Brasil). Ganaría otros 60 más, incluídos 4 Open de Australia, 2 US Open, 1 Roland Garros y 1 Wimbledon, siendo el único tenista desde Rod Laver, que ha ganado los 4 torneos que configuran el Grand Slam. Pero eso forma parte del Agassi leyenda, antes que eso vino el Agassi rebelde.

En el mundo glamuroso del tenis, Agassi desentonaba. Pelo largo, camisetas de colores, pendientes y piercings. Pronto fue imagen de Canon, que lo fichó para hacer una campaña con un lema convincente: “La imagen lo es todo”.

En el ocaso de leyendas norteamericanas como Jimmy Connors y John McEnroe, aparecen dos jovenes promesas dispuestas a tomar el testigo, Pete Sampras y Andre Agassi. André pronto aprenderá que su dieta a base de McDonald’s, no es suficiente preparación para batir a su rival, que poco a poco se convierte en el favorito de los entendidos, y mucho peor, del público, tras batirle en la final del Open USA de 1990.

Agassi había declinado participar en WImbledon 88 y 90 porque la organización exige llevar camiseta blanca. Cosas de los ingleses. El caso es que en 1992 decidió quitarse un par de piercings, ponerse una gorra encima de esa melena de rockero, afeitarse de vez en cuando y aparcar sus t-shirts de colores para sus juergas por Las Vegas.

A pesar del cambio, Agassi no era favorito. Cabeza de serie número 12, elimina en cuartos de final a Boris Becker, en semifinales a John McEnroe y se planta en la final ante Goran Ivanisevic. Agassi era un jugador de tierra batida, con una gran derecha y mucho mejor restador que sacador. Ivanisevic (que hizó 37 aces) no pudo con él en cinco sets, y Agassi demostró que se podía ganar en Wimbledon sin subir a la red.

El protocolo dice que la Reina de Inglaterra, Isabel II, debe entregar la copa de campeón al ganador, que previamente debe hacer una reverencia a la monarca anglosajona. Quien lo iba a decir. El rebelde encontró su causa, rendirle pleitesía a la Reina.

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Al tenis se juega en hierba

Cada año, cuando el calor del verano aprieta, cientos de tenistas asaltan las instalaciones del All England Tenis Club en busca de la gloria. A muy pocos les gusta la lluvia de Londres, las dos semanas en unas instalaciones obsoletas, el vestir de blanco o el jugar en hierba. Tan cierto es eso como que todos los tenistas señalan como su favorito al paraíso del saque y volea.

Fue en 1877 cuando se puso en marcha un torneo de tenis elitista destinado a las clases pudientes de Londres. Medio siglo después, la I Guerra Mundial lo hizo desaparecer y el Club tuvo que acudir a donaciones para sobrevivir. Fue la salvación y la consagración del torneo. Americanos, franceses y asutralianos pusieron sus pies en Gran Bretaña y sus nombres en el palmarés.

Wimbledon es el mundo del saque y volea. El bote rápido y bajo de la bola obliga a una velocidad de piernas inusual. La fortaleza en el servicio y la derecha son fundamentales. Las dejadas y liftados son imprescindibles. Es el tenis de verdad, el de subir a la red, de jugarse el todo por el todo, de buscar el límite físico y táctico, el del golpe en décimas de segundo. Pero sobretodo es WIMBLEDON, es historía. Todo lo demás da igual, lo importante es vivir la mística de la hierba.

 

 

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Hielo vs corazón

Wimbledon. Verano de 1980. De un lado “Ice Man”, Bjorn Borg, serio, indoloro, imperturbable. Frío como su Suecia natal.

Del otro lado “El loco”, maleducado, insoportable, temperamental; John McEnroe, el hombre que tiraba la raqueta al suelo. El hombre que logró que la gente se enganchara al tenis.
Aquella final enfrentó dos estilos de juego totalmente opuestos. Cuando en un deporte se enfrentan dos genios tan igual de buenos como diametralmente opuestos, el partido se convierte en algo especial. Estamos ante algo que pasará a la historia.
“Tras ganar el primer set pensé que iba a ganar fácil, pero el partido se convirtió en una batalla física y entonces me desbordó”; manifestó McEnroe. A decir verdad el 6-1 del americano parecía difícil de levantar por parte de Borg.
En el segundo set, Borg logró imponerse por 7-5 y repitió en el tercero por 6-3. En el cuarto set, Bjorn se colocó con 5-4 y dos bolas de partido al saque. El partido parecía finiquitado. Entonces McEnroe alcanzó dos voleas espectaculares que pusieron el 40 a 40 en el tanteo. Después un error de Borg, un saque para cada jugador, y llegamos a la muerte súbita.
Interminable. Así podría describirse el tie break. Ninguno de los dos conseguía romper el saque. Al final Borg lanzó un golpe a la red. 6-7 (16-18) acabó el set.
En cualquier otra situación McEnroe tendría el partido ganado, tanto fisica como psicologicamente; pero enfrente estaba ”Ice Man”. Borg no se cansaba nunca y su cerebro jamás se dejaba dominar por el corazón. Solo tuvo que romper el saque de McEnroe y luego administrar su ventaja. 8-6. Victoria. Cuarto título consecutivo de Wimbledon para Borg. El corazón tendría que esperar al menos un año más.

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