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Dichoso el que cree

Hay películas que son muy malas. Ya saben. Aquellas que pretendes ver en el cine y cuando ya has comprado las palomitas, el film ya se ha convertido en un clásico de la televisión. Una de ellas es Cool RidersElegidos para el triunfo’. Protagonizada por John Candy, contaba la historia de un equipo de bobsleigh…jamaicano. Y estaba basada en hechos reales.

Todo nació en 1987, cuando dos hombres de negocios estadounidenses, George Fitch y William Maloney, fueron a pasar sus vacaciones a Jamaica. Entre daikiris y otros cócteles, se les ocurrió la extravagante idea de hacer un equipo jamaicano de bobsleigh después de ver a unos ‘nativos’ -como ellos les llamaron- compitiendo con unos carros de madera artesanales.

Lo que parecía una idea extravagante se hizo realidad. Se convirtieron en los entrenadores de aquellos isleños y consiguieron lo imposible; que un país que no sabía lo que era la nieve participase en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1988 en Calgary. La participación se financió con la venta de gorras, camisetas, llaveros…al más puro estilo escolar y fue portada en los telediarios de medio mundo.

El sueño se truncó pronto, ya que Jamaica se quedó en una discreta vigesimocuarta posición. Sin embargo, la de 1988 fue la primera piedra en la historia del bobsleigh jamaicano, que desde entonces siempre ha acudido a los JJOO.

La cuadratura del círculo se completó en el año 2001. Jamaica, el país del reagge y del culto a Doña María, los jamaicanos, los reagge boys, aquellos ‘nativos’, se convirtieron en campeones del mundo. Dichoso el que cree. 

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La mamá voladora

Cuando era una niña, Fanny Koen (1919-) practicaba gimnasia, esgrima y natación. Un día, cuando tenía catorce años, se plantó delante de sus padres y les dijo: “Correr. Eso es lo que quiero. Seré la más veloz de todas”. Tenía 18 años cuando participó en los Juegos Olímpicos de Berlín, y tuvo una buena actuación, logrando sendos quintos puestos en salto de altura y 4×100.

Con una guerra de por medio, dos hijos y un matrimonio con Jan Blankers, su entrenador, Fanny Koen- ahora Fanny Blankers Koen– viaja a Londres para participar en los Juegos de 1948, rondando los 30 años. Por aquel entonces, ya se había aceptado con normalidad la presencia de las mujeres en las Olimpiadas, pero siempre que éstas fueran jóvenes estudiantes. No eran bien vistas las participantes femeninas de más de 25 años, y por supuesto, era escandaloso que una madre abandonara a su hijos por una prueba deportiva.

Lo que haría Fanny pasaría a la historia. Cuatro medallas de oro en 100 metros, 200 metros, 80 metros vallas y 4×100 metros. Una madre de casi 30 años había igualado a Jesse Owens. Las críticas se habían acabado. Ya no era Blankers-Coen, era ‘La mamá voladora’

Durante su vida batió hasta 20 récords del mundo, e incluso pudo haber conseguido seis oros en aquellos Juegos, si las pruebas de salto de altura y de longitud (en las cuales poseía el récord del mundo del momento) no se hubieran celebrado el mismo día y a la misma hora que las de velocidad.

En 1999, la IAAF designó a Fanny como la mejor atleta de la historia del atletismo femenino. “Todo esto por correr unos pocos metros”, dijo. Sin ella, no se podrían entender a todas las demás.

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El negro más odiado de Alemania

Ya va siendo hora de hablar del hombre que adorna la parte superior de este blog. Nieto de esclavos e hijo de granjeros, Jesse Owens (James Cleveland Owens) ganó en los Juegos Olímpicos de Berlín cuatro medallas de oro en 100 metros, 200 metros, 4×100 metros y salto de longitud -hazaña que no se repetiría hasta 1984 por obra y gracia de Carl Lewis-, pero su mayor victoria fue la derrota que le infringió en su propio estadio y en su propia ciudad a Adolf Hitler, el Führer.

Hitler había preparado las Olimpiadas con la intención de que fueran un éxito rotundo de los atletas alemanes. Cuando El Antílope de Ébano consiguió la que entonces era su segunda medalla de oro en salto de longitud, la historia dice, que el dictador, furioso, abandona el estadio y declina felicitar a Owens. La contreversia es grande, ya que ni siquiera los historiadores son capaces de ponerse de acuerdo en decir si el público del Olímpico de Berlín aplaudió o silbó a Owens cuando ganó el oro.

La versión más extendida apunta que Hitler se marchó minutos antes del fin de la prueba para no asistir a la victoria del Antílope de Ébano. Una segunda versión señala que el Führer se quedó en su asiento en el palco y vio la ceremonia de la victoria, pero sin felicitar al ganador. La historiografía afin al Nazismo, contempla la opción, poco creíble, de que fueron los jueces los que impidieron el acceso de Hitler a la pista para felicitar a Owens.

En todo caso, y seguramente muy a su pesar, Adolf Hitler, el hombre que defendió a ultranza la superioridad de la raza aria, FELICITÓ a Jesse Owens. Lo hizo porque el presidente del COI, Henri Baillet-Latour, le obligó a hacerlo, explicándole que o no felicitaba a nadie o lo tenía que hacer con todos los atletas.

En su autobiografía, el propio Owens señala que Hitler le saludó y que él le devolvió el saludo. El Antílope, siempre dijo que a pesar de todo, fue mucho mejor tratado en Alemania que en Estados Unidos, donde el entonces presidente, Frankin Delano Roosevelt, declinó recibir a Owens en la Casa Blanca por miedo a perder votos entre los Estados segregacionistas del Sur.

No obstante, el mito siempre se confunde con la realidad. Hitler si que abandonó el estadio furioso por la victoria de un atleta afroamericano, pero ni fue Owens ni fue en una prueba de velocidad. Tras imponerse en salto de altura y subir al ‘podium’ para recibir su medalla de oro, Cornelius Johnson se encontró con que no tenía nadie a quien estrechar la mano. El esperpéntico espectáculo diseñado por Hitler había llegado a su fin.

El héroe de los Juegos fue Owens y a él se le atribuye la hazaña de irritar al Führer. Decían los griegos, que un mito es ‘una construcción que se elabora con el objeto de dar sentido a lo inexplicable’. El héroe de los Juegos fue Owens y que se le atribuya a él, y no a Johnson, la hazaña de irritar a Hitler, sólo es un intento más de derrumbar lo inexplicable de lo inexplicable, el Nazismo.

Realidad o mito, es Owens y no Johnson, quien en los archivos de la polícia Nazi -las SS-, estaba catalogado como ‘el negro más odiado de Alemania’-. Afortunadamente, en 1984 los berlineses decidieron reparar esa ofensa bautizando con el nombre de Jesse Owens, una de las calles más importantes de la ciudad.

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Homenaje a Colombes

Mucho antes de que existiera Saint Denis, incluso antes de que el Parque de los Príncipes se convirtiera en la ‘casa’ de Francia, existía el Estadio Olímpico Yves-du-Manoir, o lo que es lo mismo, el Estadio de Colombes.

En la región de la Isla de Francia, a las afueras de París, se encuentra Colombes, lugar que en 1883 vio la construcción de un hipódromo. En 1907, el diario ‘Le Matin’ compra el recinto y lo transforma en un estadio de fútbol para 4.000 espectadores.

Cuando en 1921 el COI designa a París sede de los Juegos Olímpicos de 1924, la alcaldía parisina se enfrenta al problema de construír un gran estadio para albergar el acontecimiento.  Se amplía entonces el Estadio de Colombes a los 45.000 espectadores para convertirlo en el Estadio Olímpico de Colombes o Estadio Olímpico Yves-du-Manoir, como sería rebautizado en 1928, tras la muerte de quien fuera jugador de la selección francesa de rugby.

En aquellos Juegos, Colombes fue testigo de la lucha entre Harold Abrahams y Eric Lidell por hacerse con la medalla de oro en los 100 metros lisos, un duelo deportivo-religioso que tan bien explicó Hugh Hudson en la oscarizada ‘Carros de Fuego’. Pero Colombes, ante todo, fue testigo del encumbramiento de Giuseppe Meazza como mejor futbolista de entreguerras, tras conseguir el Mundial de 1938 -el segundo consecutivo- con la selección italiana.

Uno de los últimos homenajes a Colombes, vino también de la mano del cine. John Houston estrenó en 1981 la película ‘Evasión o Victoria’ -considerada la mejor película de temática futbolística de la historia-. El director decidió que el partido que tendrían que jugar una selección Nazi contra una de presos comandada por Pelé, Ardiles, Bobby Moore y Van Himst, sería en Colombes. Genial. Lástima que el filme fuera rodado en Budapest, y así, el estadio que se ve en la pantalla, no es el mítico coliseo parisino.

En 1972, el Parque de los Príncipes de París sufrió una profunda remodelación que supuso la demolición de su mítico velódromo. Esto significó dos cosas; por un lado que la última etapa del Tour de Francia cambiara de escenario y se trasladara a la Avenida de los Campos Elíseos, y segundo, que la selección francesa de fútbol abandonara el vetusto Colombes para jugar sus encuentros en el nuevo ‘Parc des Princes’.

Después de que en 1975 Colombes acogiera por última vez un partido de la ‘Tricolor’, el estadio pasó de los 45.000 espectadores de aforo a los 15.000, eso sí, todos ellos sentados.  En la actualidad, el Racing Metro 92, equipo francés de la Primera División de Rugby, tiene el honor de jugar en uno de los recintos más emblemáticos del deporte europeo.

Una de las últimas obras de arte que se pudieron ver en Colombes se produjo en 1969. Cuartos de final de la Copa de Europa. En la ida, Ajax 1-3 Benfica. En la vuelta, Benfica 1-3 Ajax. Partido de desempate. Escenario; Colombes. Eusebio vs Cruyff. Gana Cruyff 1-0 y toma el testigo de Eusebio como nuevo Rey de Europa.

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El último guepardo blanco

A veces la suerte también juega. Hay que aprovecharla. Su mejor puesto en unos europeos: quinto. Su mejor puesto en unos mundiales: cuarto. Su mejor marca de siempre: 10,11 segundos.

En 1980 los USA decidieron boicotear los Juegos Olímpicos de Moscú. James Sanford, Stanley Floyd o Mel Lattany se quedaron en casa. Los mejores velocistas del mundo no compitirían en la prueba reina de unas Olímpiadas. A los 28 años, el escocés Allan Wells tendría su gran oportunidad.

En las semifinales de los 100 metros de aquellos Juegos, Wells bajo de su marca personal establecida en 10,15 y la dejo en 10,11; récord de Gran Bretaña. En Moscú 80 se obligó a utilizar los tacos en la salida. Hasta entonces Wells no los había usado nunca. De repente, había una nueva alternativa.

 

El indiscutible favorito en la final era el cubano Silvio Leonard. Desde Harold Abrahams en 1924 (vean la película Carros de Fuego) un británico no ganaba el oro en los 100 metros lisos. Wells en la calle uno. Leonard en la calle ocho. Dos esquinas. 10,25 segundos. Idéntico resultado. Foto finish. Wells es oro. Con 28 años se convierte en el ganador más veterano de los 100 metros lisos.

Cuatro días después se plantó en la final de los 200 metros y con un registro de 20,21 obtuvo la plata y logró el record británico. El intocable Mennea se hizo con el oro. Wells le obligó a hacer récord del mundo. 20,19 segundos.

En Los Ángeles 84, con 32 años, Wells no paso de semifinales. Comenzaba la época de Carl Lewis, el hijo del viento. Se dice del guepardo que es el animal más rápido de la tierra. Se olvida señalar que tiene paciencia y una vista privilegiada que aprovecha para elegir a sus víctimas en la distancia. Allan Wells, el último guepardo blanco supo esperar el momento adecuado.

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Desde los balcanes

Los JJOO de Moscú 1980 fueron los primeros concedidos a un país comunista. Para evitar que los niños rusos tuvieran cualquier contacto con el capitalismo durante los Juegos, fueron alejados de la ciudad. Con el boicot estadounidense, la URSS debía arrasar a sus rivales en la competición de baloncesto. Fracasó, y dio paso a su hermano menor, que se hizó con las riendas del basket europeo, Yugoslavia.
“Yugoslavia ama el baloncesto, la gente ama el baloncesto, los niños aman el baloncesto”, dijo en su día Kikanovic. Tras ganar tres europeos seguidos en los años 70, la gente comenzaba a considerar un nuevo baloncesto más rápido y técnico alejado del físico que promulgaban la totalidad de los países del Este. Sin embargo, en Juegos Olímpicos los yugoslavos no eran capaces de dar el paso.
Yugoslavia llegó a la final de aquellos Juegos paseándose. Su único oponente posible era la URSS, a la que se enfrentaron en primera ronda. Empataron a 81 pero en una espectacular prórroga le endosaron un parcial de 20-10 a los soviéticos. Dalipagic y Kikanovic anotaron 24 puntos cada uno.
Se esperaba un nuevo enfrentamiento con la URSS en la final, pero de la mano de un increíble Meneghin, Italia derrotó 87-85 a los rusos y se presentó en la final. Ganó Yugoslavia por 86-77 con 22 de Kikanovic, 20 de Delibasic y 18 de Dalipagic.
En Moscú lograron la gloria jugadores, que durante la década de los 70 pusieron los cimientos para convertir a Yugoslavia en la escuela baloncestística del viejo continente. Los Dalipagic, Cosic, Kikanovic, Jerkov o Slavnik despertaban por igual pasión y odio, pero sobre todo eran alegría y descaro en la cancha. “Ganar el oro estuvo bien, pero quería haberle ganado a los americanos” dijo Kikanovic. Un nuevo baloncesto, desde los Balcanes.

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Diez años de tiranía

Edwin Moses nació en Ohio. Ya era especial entre sus convecinos por ser de raza negra en un Estado con predominio del hombre blanco. Más raro aún fue que le dieran una beca para cursar física e ingeniería en la universidad de Atlanta. Física e ingeniería. ¿Una premonición? Vallas + elasticidad. La fórmula de un gran campeón.

Cuando Moses se presenta a los trials de USA y se clasifica para disputar los 400 metros vallas en los JJOO de Montreal, sorprende a propios y extraños. Edwin había destacado en pruebas más cortas y a los especialistas les inquietó este cambio.

El 2 de julio de 1976 Moses lograba la medalla de oro con un tiempo de 47,64 (récord del mundo). Pero lo más sorprendente es que había vapuleado a sus rivales. La medalla de plata entró más de un segundo por detrás. Otros dos segundos habría que añadir al bronce. Moses se había convertido en un icono norteamericano. En la etapa más oscura de la historia de USA, trasladada también al deporte, se convertía en el único oro individual en atletismo de su delegación.

Después de batir su récord del mundo al año siguiente, dejándolo en 47’45 (su marca definitiva sería: 47’02) comienza una de las rachas más terroríficas que jamás se hayan visto en el mundo del deporte. 10 años invicto. 122 victorias consecutivas. Tiránico. Ganó todo lo que se puede ganar, pero siempre tendrá la espina de los Juegos de 1980, donde el boicot a Moscú le impidió lograr una medalla que tenía asegurada.

Con 33 años Moses se presenta a los Juegos de Seúl donde consigue una decepcionante, para él, medalla de bronce. Decide retirarse, pero a los pocos meses retorna a la competición. Se hace profesional de bobsleigh…y gana una medalla de bronce en los mundiales de 1990.

Por increible que parezca aún hay más. En agosto de 2003 da una rueda de prensa en París y anuncia su vuelta a la competición con 48 años. “Mi objetivo es bajar de los 50 segundos” anuncia. No logró clasificarse para los JJOO de Atenas. Menos mal, pensaron sus rivales. Quizás los deleitara con otros 10 años de tiranía.

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