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Homenaje al GP de Mónaco

La Santísima Trinidad del automovilismo se compone de las 500 millas de Indianápolis, las 24 horas de Le Mans y el GP de Mónaco. La Santísima Trinidad del glamour la componen las ciudades de Paris, Milan y Mónaco. Conclusión: Velocidad + belleza= Montecarlo.

En el reino de los Grimaldi todo es fantasía. Poder, dinero y glamour. Las calles, los casinos, las terrazas, los yates, la Costa Azul, Cannes, San Remo. Coches y mujeres. Mujeres y coches. Lujo.

Cada una de las curvas de Mónaco tiene su historia y sus particularidades. La curva de Saint Devote es un típico punto de adelantamiento, donde suele haber multitud de incidentes. La subida de Beau Rivage es sencillamente espectacular, con los motores a tope de revoluciones. Massenet es una complicadísima curva ciega de izquierdas que da entrada a Casino. Casino. Casino. La fotografía de Mónaco por excelencia. Es en bajada y, como buena parte del trazado, está bacheada. Aquí empieza la zona de bajada del circuito, y al salir de Casino hay que ir con mucho cuidado para no impactar con las vallas. Luego viene Mirabeau, una curva muy delicada. Se llega entonces al punto más lento del circuito, y otra de las curvas más conocidas: Loews. Después se encara Portier y se pisa a fondo para entrar en el túnel, zona más rápida del circuito en la que sólo hay una trazada, ya que el resto de la pista está extremadamente sucia y no conviene provar su adherencia. Luego la Nouvelle Chicanne, el otro punto de posible adelantamiento. Los monoplazas entran entonces en la espectacular zona del puerto, con la Piscina, en la que hay que dar gas y luego frenar fuerte. Para acabar se llega a la frenada de la Rascasse y una salida muy cerrada en subida que pone a prueba la tracción de los F1. Y antes de pasar por la línea de meta se negocia la doble curva Anthony Noghes, en honor al impulsor del trazado.

Todo comenzó el 14 de abril de 1929 cuando 16 coches (8 Bugatti, 3 Alfa Romeo, 2 Maserati, 1 Mercedes y 1 Licorne) dieron 100 vueltas a las calles de Mónaco. El circuito quedó definido tal y como lo conocemos hoy, a excepción de la zona de la piscina que fue inaugurada en 1973.  A partir de entonces, hazaña tras hazaña.

Juan Manuel Fangio dictó cátedra en 1950. El mar azotaba con fuerza y una ola golpeó el asfalto. Farina al muro. Villoresi también. González idem. Así hasta nueve pilotos. Hasta que llegó el gran Fangio para sortear la curva y ganar la carrera. Treinta años después, cuenta la leyenda que Ayrton Senna, el rey de Mónaco, mandaba a sus mecánicos colocar una cerillas en la frenada de la Rascasse. Según cuentan, Magic Senna rozaba los mixtos sin dañar su monoplaza.

 Montecarlo es un circuito histórico. Memorable. Todo el calendario se diseña al conocer la fecha del Gran Premio monegasco. Es un circuito en el que no se gana, pero en el que sí se pierde. No hay zonas de seguridad. Sólo vallas. No hay sitio para dos coches. Si rozas, rompes. No tengas la menor duda.

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