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La mamá voladora

Cuando era una niña, Fanny Koen (1919-) practicaba gimnasia, esgrima y natación. Un día, cuando tenía catorce años, se plantó delante de sus padres y les dijo: “Correr. Eso es lo que quiero. Seré la más veloz de todas”. Tenía 18 años cuando participó en los Juegos Olímpicos de Berlín, y tuvo una buena actuación, logrando sendos quintos puestos en salto de altura y 4×100.

Con una guerra de por medio, dos hijos y un matrimonio con Jan Blankers, su entrenador, Fanny Koen- ahora Fanny Blankers Koen– viaja a Londres para participar en los Juegos de 1948, rondando los 30 años. Por aquel entonces, ya se había aceptado con normalidad la presencia de las mujeres en las Olimpiadas, pero siempre que éstas fueran jóvenes estudiantes. No eran bien vistas las participantes femeninas de más de 25 años, y por supuesto, era escandaloso que una madre abandonara a su hijos por una prueba deportiva.

Lo que haría Fanny pasaría a la historia. Cuatro medallas de oro en 100 metros, 200 metros, 80 metros vallas y 4×100 metros. Una madre de casi 30 años había igualado a Jesse Owens. Las críticas se habían acabado. Ya no era Blankers-Coen, era ‘La mamá voladora’

Durante su vida batió hasta 20 récords del mundo, e incluso pudo haber conseguido seis oros en aquellos Juegos, si las pruebas de salto de altura y de longitud (en las cuales poseía el récord del mundo del momento) no se hubieran celebrado el mismo día y a la misma hora que las de velocidad.

En 1999, la IAAF designó a Fanny como la mejor atleta de la historia del atletismo femenino. “Todo esto por correr unos pocos metros”, dijo. Sin ella, no se podrían entender a todas las demás.

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Una orgía de números

Fue tan grande que no hay palabras para describirlo, sólo números. Wilton Norman Chamberlain (1936-1999) fue un elegido de la naturaleza, un hombre de 2,13 que dominó el baloncesto con una suficiencia abrumadora basada en un físico sobre humano. The Big Dipper (El gran cazo) o The Stilt (El Zancudo), como se le llamó, es el único hombre que ha conseguido 100 puntos en un partido de la NBA. Pero hay más. Muchísimo más.

Vamos con los números. En la temporada 1961-62 Chamberlain promedió 50,4 puntos en la NBA. Al año siguiente ‘sólo’ 44.8. Jordan promedió 37.1 en su mejor campaña. Wilt consiguió pasar de los 60 puntos en 32 ocasiones. Si juntamos a todos los demás jugadores en la historia de la NBA sólo suman esa marca 26 veces.

En un partido en noviembre de 1960 cogió 55 rebotes. A lo largo de su carrera promedió 22.9 rechaces por partido. Fue once veces máximo reboteador y siete veces máximo anotador.

Es el único jugador en la historia en conseguir un doble-triple-doble (superar la veintena de puntos, rebotes y asistencias por partido). 22 puntos, 25 rebotes y 21 asistencias ante los Pistons en 1968.  Es el único jugador en la historia en conseguir un cuádruple doble-doble (más de 40 puntos y 40 rebotes o asistencias por partido). 78 puntos y 43 rebotes en diciembre de 1961.

Lo sobrenatural de Chamberlain se ve en un dato aún más escalofriante.  Era una roca, pero se movía como un bailarín y saltaba como un gacela. La marca: En la temporada 1967/68, defendiendo la camiseta de los 76rs, Wilt, un pívot de 2,13 metros, lideró la NBA en asistencias por partido con 8,6 por encuentro. El segundo en esa clasificación fue Óscar Robertson, The Big O, uno de los mejores bases de siempre. Cuando en una entrevista para el ‘Philadelphia Daily News’  le preguntaron  si Chamberlain era el mejor baloncestísta de todos los tiempos, contestó: “los libros no mienten”.

Tiene otros récords, no menos interesantes. Según afirmó en su autobiografía, corría los 100 metros en 10,9 segundos y a lo largo de su vida se acostó con más de 20000 mujeres. Cierto o no, lo que es innegable es que fue actor. Y sino vean Conán el Bárbaro. Una fuerza de la naturaleza.

 

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Diez años de tiranía

Edwin Moses nació en Ohio. Ya era especial entre sus convecinos por ser de raza negra en un Estado con predominio del hombre blanco. Más raro aún fue que le dieran una beca para cursar física e ingeniería en la universidad de Atlanta. Física e ingeniería. ¿Una premonición? Vallas + elasticidad. La fórmula de un gran campeón.

Cuando Moses se presenta a los trials de USA y se clasifica para disputar los 400 metros vallas en los JJOO de Montreal, sorprende a propios y extraños. Edwin había destacado en pruebas más cortas y a los especialistas les inquietó este cambio.

El 2 de julio de 1976 Moses lograba la medalla de oro con un tiempo de 47,64 (récord del mundo). Pero lo más sorprendente es que había vapuleado a sus rivales. La medalla de plata entró más de un segundo por detrás. Otros dos segundos habría que añadir al bronce. Moses se había convertido en un icono norteamericano. En la etapa más oscura de la historia de USA, trasladada también al deporte, se convertía en el único oro individual en atletismo de su delegación.

Después de batir su récord del mundo al año siguiente, dejándolo en 47’45 (su marca definitiva sería: 47’02) comienza una de las rachas más terroríficas que jamás se hayan visto en el mundo del deporte. 10 años invicto. 122 victorias consecutivas. Tiránico. Ganó todo lo que se puede ganar, pero siempre tendrá la espina de los Juegos de 1980, donde el boicot a Moscú le impidió lograr una medalla que tenía asegurada.

Con 33 años Moses se presenta a los Juegos de Seúl donde consigue una decepcionante, para él, medalla de bronce. Decide retirarse, pero a los pocos meses retorna a la competición. Se hace profesional de bobsleigh…y gana una medalla de bronce en los mundiales de 1990.

Por increible que parezca aún hay más. En agosto de 2003 da una rueda de prensa en París y anuncia su vuelta a la competición con 48 años. “Mi objetivo es bajar de los 50 segundos” anuncia. No logró clasificarse para los JJOO de Atenas. Menos mal, pensaron sus rivales. Quizás los deleitara con otros 10 años de tiranía.

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Siete de siete

A los doce años Mark Spitz ya entrenaba seis horas diarias en la piscina de la Escuela YMCA, en Sacramento. Al acabar su padre le esperaba para llevarlo a casa. Al salir de la piscina le preguntaba:

“Cuántas calles tiene esta piscina?”
“Seis”, decía Mark.
“Y en cuántas está el ganador?”
“Sólo en una, sólo en la mía”, respondía.
El nadador del bigote, el más laurado del Olimpismo con sus siete medallas de oro en Münich – y once en total- , aprendió a nadar…antes que a caminar.
Cuando tenía 18 años ya era considerado una estrella. Era muy bueno, y él lo sabía. Su arrogancia hizo que sus compañeros lo marginaran. Incluso quisieron eliminarlo del equipo de relevos. Al llegar los JJOO de México, Spitz logró 2 oros (en relevos), 1 plata y 1 bronce. Un triunfo para muchos, pero no para él. “Para mi nadar no lo es todo, sino ganar”.
Cuatro años después Spitz ya no daba tanto miedo. El chico que iba a comerse al mundo con 18 años era ahora un joven de 22, que si bien era uno de los grandes, su progresión no había sido la esperada. De la mano del mítico entrenador George Haines perfeccionó su natación con el único objetivo de los Juegos de Múnich. Todas las competiciones antes de aquella cita del verano del 72 no tenían importancia alguna para él.
Siete medallas. Ganó en los 100 libres, 200 libres, 100 mariposa, 200 mariposa, 400 relevo, 400 combinado y 800 relevo. Un factor hace aún más especial semejante hazaña. Todos sus oros, todos ellos, los siete, supusieron un nuevo récord mundial. Impresionante.
Para los JJOO de 1992, sobrepasando la cuarentena, Spitz disputó los preliminares estadounidenses. No logró clasificarse. Mejor. Para que clasificarse cuando lo único importante es ganar.

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Destino: 8,90 m

Bob Beamon nació en New York en 1946. Comenzó a correr en la Jamaica High School, que como su nombre índica, no era hogar de atletas adinerados, y mucho menos de tez oscura. Formaría parte de los equipos de atletismo de la Universidad de Texas y de Adelphi. Fue en esta última donde explotó, beneficiado por un mejor clima de acogida y realizando marcas de más de 8 metros con apenas 20 años.

Cuando llegaron los JJOO de México, Beamon era favorito al oro, pero no el único. Lynn Davies, Ralph Boston, e Ígor Ter-Ovanesyan; los tres medallistas de Tokio cuatro años antes, partían con cierta ventaja. En realidad Beamon jamás volvería a competir a semejante nivel.

Cuando Bob comenzó la batida, lo hizo mal. Siempre lo hacía mal. Le costaba mucho coordinar los pasos hasta que estaba cerca de la arena. El viento soplaba ligeramente a favor, lo que unido a la elevada altitud de Distrito Federal parecía dar un plus a su vuelo. Uno, dos, tres pasos. Impresionate. Qué vuelo! Llegó al límite de la arena. 10 centímetros más allá y el registro quedaría invalidado, al no poderse medir. 8,90. Había superado el anterior récord… en 55 centímetros. Bárbaro. Jamás se había pulverizado una marca de tal forma. Indescriptible e innesperado.

Beamon, se retiró poco después y no participó en más JJOO. Dicen que jamás pudo asimilar su éxito y que se frustraba al no aproximarse nunca a su extraordinaria marca.

En 1991, en los mundiales de Tokio, Carl Lewis lo batió por un centímetro, pero en el salto siguiente, Mike Powell dejo el récord en 8,95 m. Dos proezas en una. 8,95m, esta sí que parece inalcanzable. Si no lo es, será tema para otro capítulo.

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