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Panenka: Fantasía centroeuropea

Belgrado. Eurocopa 1976. Prepárense, algo grande va a pasar. Como diría después Pelé “algo así solo lo puede hacer un genio o un loco”.

Había llegado a trompicones, pero la RFA era favorita. Beckenbauer, Vogts. Maier, Bonhof, Hoeness; era el ocaso de la gran generación que dominó Europa en el anterior lustro.
El rival, Checoslovaquia, contaba con Nehoda, Svehlik, Viktor y Prohaska. Eran grandes jugadores, muchos desconocidos, ya que la Guerra Fría impedía que jugaran en los transantlánticos occidentales.
La final comenzó con Checoslovaquia dominando. Pronto Svehlik batió por bajo a Maier. Minutos después Karl Dobias conseguía el 2 a 0. Igual que durante todo el campeonato, Alemania iba a trompicones. A remontar.
A los pocos minutos Dietmar Müller recorta distancias. A partir de ahí el Panzer alemán, comandado por el Kaiser, acosa a los checoslovacos. Un Viktor inconmesurable desvía los misiles que se lanzan sobre su portería. Transcurría el minuto 89 cuando, fieles a su historia, los alemanes empataban la final con un gol del marrullero Hölzenbein.
Prórroga. Todo sigue igual. Penaltys.
Los checos empezaban. Los primeros 7 tiros fueron gol. 4 a 3 para Checoslovaquia. El siguiente lanzamiento era para Uli Hoeness. Falló. Según se dice no quería tirarlo.
El quinto penalty, el de la posible victoria checa, era para Antonín Panenka. En frente, Sepp Maier, el mejor portero del mundo en aquellos tiempos. A dónde lanzar? El silbato suena. Pequeña carrerrilla. Antonín va a golpear el balón y se da cuenta de que Maier dobla las rodillas hacia su izquierda. Era el momento. Su amigo y compañero Ivo Viktor le había dicho que si lanzaba los penaltys como lo hacía en los entrenamientos le retiraría el saludo. Valía la pena arriesgarse.
Sorprendentemente Panenka colocó la punta de su bota derecha debajo del balón. Con un ligero toque, el esférico realizó una parábola que se dirigía lentamente al centro de la portería. Maier, tirado en el césped, observaba incrédulo lo fácil que habría sido pararla. El balón no había llegado a la red cuando Antonín levantó los brazos, sabía que sería gol. Había pasado a la historia.
Aquella Eurocopa destinada a homenajear a Cruyff y Beckenbauer, los dos mitos de los setenta, encumbró a otro notable jugador que pasaría a la leyenda por hacer del penalty pura fantasía.
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