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Il emperatore de Roma

Roma-Empoli. 30.000 espectadores. El Olímpico semivacio. Unicamente la Grada Sur enarbola banderas, cánticos y las tan temidas bengalas. Salen los jugadores. Rugen los tifosi. El humo hace su aparición. Uno a uno, el maestro de ceremonias, el speaker, nombra a los once gladiadores giallorossi que harán las delicias del respetable.
Y llegamos al número 10. Francesco…TOTTI! El sonido es ensordecedor. El emperador hace acto de presencia.
Francesco Totti es más romano que Rómulo. Criado en San Geovanni, barrio que mando levantar el Duce, Francesco recala en las categorías inferiores de la Roma y debuta en el primer equipo en 1993, con apenas 16 años.

Il Pupone será director de orquesta de una maravillosa selección italiana que gana el europeo sub-21 a España en la final disputada en el verano de 1995 en Montjuïc. Totti muestra todo su esplendor en aquel partido; faltas milimétricas, toques precisos con la zurda y sobretodo elegancia, quilates y más quilates de fútbol.
Totti ha sido, es y será romanista. En Roma (amoR), los dioses son eternos. Pudo haber emigrado pero no quiso. Coétaneo de Del Piero, como Pinturicchio ha vivido encorsetado por la rigidez de los entrenadores italianos que no contemplan al mediapunta como una pieza del juego.
En la temporada 2006/07 Luciano Spalletti se inventó una nueva forma de jugar al fútbol. Cuatro defensas y seis centrocampistas. Sin delanteros. Pero les dijo a las seis medios: hagan ustedes lo que quieran. Nureyev se reinventó. Bota de Oro. Por si alguien tenía duda de quien era el Emperador.

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No hay dolor

Hubo un tiempo en el que keniatas, etiopes y demas naciones del África Negra no sabían que su físico les podía hacer salir de la miseria. Uno de ellos lo comprendió, y de que manera.

Abebe Bikila tenía 28 años cuando disputó los JJOO de Roma. Como tantos campesinos se enroló en el ejército para salir de la pobreza. Sus condiciones físicas le llevaron a ser miembro de la Guardia Imperial, pero el destino le tenía reservado otros planes. Por aquel entonces algunos entrenadores europeos empezaban a darse cuenta que bien preparados los atletas africanos serían invencibles; uno de estos pioneros fue el sueco Onni Niskasen. Bikila realizaba una maniobra en Addis-Abeba cuando Niskasen lo vio. Ya tenía un diamante que pulir.
Evidentemente entre el equipaje de Onni iban unas zapatillas Adidas, y evidentemente su intención era que Abebe las calzara. Bikila dijo que no, que el corria descalzo. Tras mucho discutir, Niskasen realizó una serie de pruebas y descubrió que el etíope corría más rápido sin zapatillas. El diamante tenía su propio estilo.
Y así fue. Bikila se presentó en los JJOO de Roma descalzo. Había ganado un par de pruebas menores, pero era la nota extravagante. Mira ese negro sin zapatillas; decían. Arrasó. Camino de la victoria, Bikila bordeó el obelisco de Axum que Mussolini llevara a Roma desde Etiopia en 1937. En plena descolonización aquello era mucho más que deporte. Y además no solo había ganado el oro, también había pulverizado el récord del mundo. Para mayor incredulidad, en los 42 kilómetros de la maraton solo había perdido 350 gramos, cuando lo normal es perder 4 kilos.
Le llovieron los contratos. Se hizo rico. Le obligaron a usar zapatillas. Fue aclamado y adorado. Era el mesías negro. Pero la profesionalización le hizo abandonar su hogar. Se instaló en Europa, seguía mandando dinero y ayudando a su país, pero los celos le obligaron incluso a pasar un par de meses en la cárcel acusado de rebelión.
Por si fuera poco, seis semanas antes de los JJOO de Tokio, Bikila sufrió una apendicitis. Aún así era el favorito, y aunque no tenía el apoyo de su Gobierno lo seguía teniendo de sus compatriotas. Y lo logró. Triunfó 4 años después, eso sí, esta vez con zapatillas.
En México ya no pudo repetir. Aquejado por una fisura en la pierna derecha abandonó en el kilómetro 17. Pero el daño ya estaba hecho, otro compatriota se llevó la victoria. El dominio africano ya no tendría fin.
Abierto el camino y convertido en leyenda, Bikila volvió a casa. Aclamado por sus paisanos, un accidente de circulación lo postró en una silla de ruedas. Estaba muerto. Sus pies no andarían jamás. Su corazón estaba muerto. Más triste que enfermo, fallecía en 1973 con 41 años. Moría el primer ídolo de África.

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