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Un rebelde ante la Reina de Inglaterra

Quizás, mientras levantaba su copa de champán para celebrar el año nuevo, se prometió a si mismo ser un buen chico aquel año. No lo sé. Pero el caso es que en 1992, Andre Kirk Agassi (1970) decidió dejar de ser un rebelde. O mejor dicho, dejar de ser un rebelde sin causa y buscar una. Plantarse delante de la Reina de Inglaterra en el All England Club de Wimbledon.

Emmanuel Agassi era un boxeador que compitió en boxeo en los Juegos Olímpicos de Londres 48 y Helsinki 52 bajo la bandera de Irán. Descediente de armenios, emigró a los Estados Unidos donde cambió su verdadero apellido, ‘Agassian’ por el de Agassi. Así se conocería a su hijo, Andre Kirk Agassi.

17 años después de aquello, Agassi hijo ganaba su primer torneo como tenista profesional en Itapatica (Brasil). Ganaría otros 60 más, incluídos 4 Open de Australia, 2 US Open, 1 Roland Garros y 1 Wimbledon, siendo el único tenista desde Rod Laver, que ha ganado los 4 torneos que configuran el Grand Slam. Pero eso forma parte del Agassi leyenda, antes que eso vino el Agassi rebelde.

En el mundo glamuroso del tenis, Agassi desentonaba. Pelo largo, camisetas de colores, pendientes y piercings. Pronto fue imagen de Canon, que lo fichó para hacer una campaña con un lema convincente: “La imagen lo es todo”.

En el ocaso de leyendas norteamericanas como Jimmy Connors y John McEnroe, aparecen dos jovenes promesas dispuestas a tomar el testigo, Pete Sampras y Andre Agassi. André pronto aprenderá que su dieta a base de McDonald’s, no es suficiente preparación para batir a su rival, que poco a poco se convierte en el favorito de los entendidos, y mucho peor, del público, tras batirle en la final del Open USA de 1990.

Agassi había declinado participar en WImbledon 88 y 90 porque la organización exige llevar camiseta blanca. Cosas de los ingleses. El caso es que en 1992 decidió quitarse un par de piercings, ponerse una gorra encima de esa melena de rockero, afeitarse de vez en cuando y aparcar sus t-shirts de colores para sus juergas por Las Vegas.

A pesar del cambio, Agassi no era favorito. Cabeza de serie número 12, elimina en cuartos de final a Boris Becker, en semifinales a John McEnroe y se planta en la final ante Goran Ivanisevic. Agassi era un jugador de tierra batida, con una gran derecha y mucho mejor restador que sacador. Ivanisevic (que hizó 37 aces) no pudo con él en cinco sets, y Agassi demostró que se podía ganar en Wimbledon sin subir a la red.

El protocolo dice que la Reina de Inglaterra, Isabel II, debe entregar la copa de campeón al ganador, que previamente debe hacer una reverencia a la monarca anglosajona. Quien lo iba a decir. El rebelde encontró su causa, rendirle pleitesía a la Reina.

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Al tenis se juega en hierba

Cada año, cuando el calor del verano aprieta, cientos de tenistas asaltan las instalaciones del All England Tenis Club en busca de la gloria. A muy pocos les gusta la lluvia de Londres, las dos semanas en unas instalaciones obsoletas, el vestir de blanco o el jugar en hierba. Tan cierto es eso como que todos los tenistas señalan como su favorito al paraíso del saque y volea.

Fue en 1877 cuando se puso en marcha un torneo de tenis elitista destinado a las clases pudientes de Londres. Medio siglo después, la I Guerra Mundial lo hizo desaparecer y el Club tuvo que acudir a donaciones para sobrevivir. Fue la salvación y la consagración del torneo. Americanos, franceses y asutralianos pusieron sus pies en Gran Bretaña y sus nombres en el palmarés.

Wimbledon es el mundo del saque y volea. El bote rápido y bajo de la bola obliga a una velocidad de piernas inusual. La fortaleza en el servicio y la derecha son fundamentales. Las dejadas y liftados son imprescindibles. Es el tenis de verdad, el de subir a la red, de jugarse el todo por el todo, de buscar el límite físico y táctico, el del golpe en décimas de segundo. Pero sobretodo es WIMBLEDON, es historía. Todo lo demás da igual, lo importante es vivir la mística de la hierba.

 

 

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Hielo vs corazón

Wimbledon. Verano de 1980. De un lado “Ice Man”, Bjorn Borg, serio, indoloro, imperturbable. Frío como su Suecia natal.

Del otro lado “El loco”, maleducado, insoportable, temperamental; John McEnroe, el hombre que tiraba la raqueta al suelo. El hombre que logró que la gente se enganchara al tenis.
Aquella final enfrentó dos estilos de juego totalmente opuestos. Cuando en un deporte se enfrentan dos genios tan igual de buenos como diametralmente opuestos, el partido se convierte en algo especial. Estamos ante algo que pasará a la historia.
“Tras ganar el primer set pensé que iba a ganar fácil, pero el partido se convirtió en una batalla física y entonces me desbordó”; manifestó McEnroe. A decir verdad el 6-1 del americano parecía difícil de levantar por parte de Borg.
En el segundo set, Borg logró imponerse por 7-5 y repitió en el tercero por 6-3. En el cuarto set, Bjorn se colocó con 5-4 y dos bolas de partido al saque. El partido parecía finiquitado. Entonces McEnroe alcanzó dos voleas espectaculares que pusieron el 40 a 40 en el tanteo. Después un error de Borg, un saque para cada jugador, y llegamos a la muerte súbita.
Interminable. Así podría describirse el tie break. Ninguno de los dos conseguía romper el saque. Al final Borg lanzó un golpe a la red. 6-7 (16-18) acabó el set.
En cualquier otra situación McEnroe tendría el partido ganado, tanto fisica como psicologicamente; pero enfrente estaba ”Ice Man”. Borg no se cansaba nunca y su cerebro jamás se dejaba dominar por el corazón. Solo tuvo que romper el saque de McEnroe y luego administrar su ventaja. 8-6. Victoria. Cuarto título consecutivo de Wimbledon para Borg. El corazón tendría que esperar al menos un año más.

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